El «método Augele»
O: ¿Cómo sabemos realmente si un tratamiento funciona?
Un caballo cojea. Su propietaria le enfría la pata y le aplica una pomada nueva que le han recomendado en la cuadra. En el envase aparecen palabras convincentes como «natural», «de eficacia probada» y «con valiosos extractos de plantas». A la mañana siguiente, el caballo camina mejor. «Esta pomada es fantástica», afirma su propietaria. «¡Ha bastado una sola aplicación!». Quizá tenga razón. Pero quizá el caballo también habría caminado mejor a la mañana siguiente sin la pomada. A primera vista, el efecto placebo parece no tener nada que ver con esta historia. Sin embargo, nos lleva directamente a la cuestión de por qué un tratamiento puede funcionar o, a veces, simplemente parecer que funciona.
Aquí comienza precisamente el problema de la experiencia médica: vemos lo que sucede después de un tratamiento. Lo que no vemos es lo que habría sucedido sin él.
Existen numerosos fenómenos que pueden inducirnos a error. Hoy voy a describir ocho de ellos:
1. La falacia post hoc
Se aplicó la pomada y después el caballo caminó mejor. Por lo tanto, la pomada debe de haber funcionado.
Esta conclusión se denomina post hoc ergo propter hoc: «después de esto, por lo tanto, a causa de esto». Pero no todo lo que ocurre antes es la causa de lo que sucede después. Si por la mañana me pongo unos calcetines rojos y más tarde sale el sol, todavía no he conseguido ningún avance revolucionario en meteorología.
Por tanto, la pregunta decisiva no es: ¿Mejoró después del tratamiento?
Sino: ¿Mejoró a causa del tratamiento?
2. La evolución natural de la enfermedad
Muchas molestias desaparecen por sí solas. Los resfriados remiten, las pequeñas lesiones se curan y un estómago irritado vuelve a calmarse. Un viejo dicho afirma: con medicamentos, la tos desaparece a los siete días; sin medicamentos, en una semana.
Al fin y al cabo, el cuerpo no espera de brazos cruzados a que alguien aparezca con una pomada o una pastilla. Por eso, tratamientos muy diferentes pueden parecer eficaces. Uno confía plenamente en el té de jengibre, otra en las vitaminas y el siguiente en una antigua receta familiar. Todos se sintieron realmente mejor después. Sin embargo, eso todavía no demuestra que mejoraran gracias al tratamiento.
3. Regresión a la media
Muchas molestias fluctúan. Hay días buenos y días malos.
Un tratamiento no suele comenzar en un día cualquiera, sino cuando el dolor es especialmente intenso, la presión arterial particularmente alta o la cojera muy evidente. Sin embargo, después de un valor extremadamente malo suele aparecer otro menos extremo. En estadística, este fenómeno se denomina regresión a la media.
Es algo parecido a lo que ocurre con una nota escolar excepcionalmente mala: es probable que el siguiente examen salga mejor. Y no tiene por qué deberse exclusivamente a la seria conversación que los padres mantuvieron con el alumno.
Quien inicia un tratamiento en el peor momento suele experimentar poco después una mejoría, independientemente de la eficacia real del tratamiento.
4. Placebo y nocebo
Un tratamiento no consiste únicamente en su principio activo. También influyen las expectativas, las experiencias previas, la confianza y la relación terapéutica.
Cuando un paciente espera mejorar, pueden modificarse, entre otras cosas, el procesamiento del dolor, las reacciones de estrés y determinadas funciones del sistema nervioso autónomo. Eso es el efecto placebo.
Pero también existe el llamado efecto nocebo. En este caso sucede lo contrario: las expectativas negativas pueden provocar o intensificar molestias. Ambos términos proceden del latín: placebo significa «agradaré» o, en sentido figurado, «haré bien», mientras que nocebo se traduce como «haré daño».
Quien lee en el prospecto que un medicamento puede causar mareos quizá se levante después con especial cuidado, compruebe su equilibrio a cada paso y descubra de repente una ligera sensación de inestabilidad. Tal vez sea un efecto secundario. Tal vez sea un efecto nocebo. O tal vez se haya levantado demasiado deprisa.
5. El sesgo de confirmación
Tendemos a percibir preferentemente aquello que coincide con nuestras convicciones.
Si la propietaria del caballo está convencida de la eficacia de la pomada, reconocerá cada paso bueno: «¡Mira, hoy camina con mucha más soltura!».
En cambio, los pasos menos buenos pueden explicarse fácilmente: «Hoy el suelo no es adecuado». «El tratamiento necesita más tiempo». «Sin la pomada, seguramente estaría mucho peor».
Los médicos tampoco estamos protegidos frente a este sesgo. Los tratamientos exitosos permanecen fácilmente en nuestra memoria. Los numerosos pacientes en los que apenas ocurrió nada resultan mucho menos memorables.
6. El efecto de expectativa del observador
Las expectativas no solo influyen en nuestros recuerdos, sino también en nuestra manera de observar.
Quien sabe que un caballo ha recibido un tratamiento puede valorar su forma de caminar de manera más favorable que alguien que no lo sabe.
Esto también ocurre en otros ámbitos, especialmente con afirmaciones como: «La piel tiene mejor aspecto». «El paciente parece más relajado». «El niño está más atento». «El caballo se mueve con mayor libertad».
Por eso, los estudios médicos se realizan, siempre que sea posible, de forma «ciega»: ni los pacientes ni las personas que evalúan el resultado del tratamiento deben saber quién recibe el medicamento real y quién recibe un placebo sin principio activo. Así se evita que las expectativas influyan en las molestias percibidas o en la valoración de los resultados.
7. Sesgo de selección y sesgo de supervivencia
En internet pueden encontrarse testimonios entusiastas sobre casi cualquier tratamiento: «¡Después de años de molestias, me curé en tres días!».
Es mucho menos frecuente leer: «Tomé el producto, no noté nada y más tarde olvidé que alguna vez lo había comprado».
Las personas que han tenido experiencias extraordinarias tienden a hablar de ellas con mayor frecuencia. Como consecuencia, observamos una selección distorsionada.
Imaginemos diez caballos que reciben un nuevo complemento alimenticio. En ocho no cambia nada. Poco después, los otros dos caminan mejor. Sus propietarios recomiendan el producto y publican valoraciones entusiastas.
Al cabo de unos meses, pueden encontrarse por todas partes dos historias de éxito. Los ocho fracasos se han vuelto invisibles.
8. La ilusión terapéutica
Los profesionales sanitarios también queremos creer que nuestro tratamiento ha ayudado.
Cuando un paciente se siente mejor después de un tratamiento, nos alegramos y tendemos a atribuir la mejoría a nuestra decisión. Sin embargo, pueden haber intervenido simultáneamente la evolución natural, la regresión a la media, el efecto placebo y nuestras propias expectativas.
Así surge la ilusión terapéutica: sobreestimamos la contribución de nuestro tratamiento a la evolución favorable.
Esto no significa que la experiencia médica carezca de valor. Al contrario: la experiencia ayuda a reconocer evoluciones inusuales, valorar riesgos y aplicar los resultados de los estudios a cada persona concreta.
Pero la experiencia personal solo nos dice inicialmente: después de mi tratamiento, el paciente mejoró.
Un buen estudio, en cambio, intenta averiguar: ¿Mejoró gracias a mi tratamiento?
Para ello se necesitan grupos de comparación, una asignación aleatoria y, siempre que sea posible, un estudio ciego. De esta manera se intenta eliminar los numerosos pequeños autoengaños a los que tanto los pacientes como los médicos somos susceptibles.
La explicación del «método Augele»
Si al día siguiente de mi tratamiento se encuentra, como espero, mucho mejor, por supuesto puede escribirme para contármelo. Me alegraré con usted.
Quizá haya sido el medicamento… quizá mi excelente atención médica… quizá su sistema inmunitario. Probablemente haya sido una combinación de varios factores.
Si se encuentra peor, escríbame también, por favor.
Y si no ha cambiado absolutamente nada, ese mensaje será incluso especialmente valioso desde un punto de vista científico. Porque esos son precisamente los casos que suelen desaparecer de nuestra memoria.
Por tanto, el «método Augele» no consiste en interpretar cada evolución favorable como una prueba de mi genialidad terapéutica. Consiste en alegrarse por el éxito y, aun así, plantearse la pregunta:
¿De verdad he sido yo?
Probablemente podría mejorarse como eslogan publicitario. Sin embargo, como fundamento de una buena medicina, no me parece nada mal.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
Este artículo también está disponible en alemán!
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