¿Y si un cuchillo tuviera prospecto?
Mi padre era médico de familia. De él no solo aprendí medicina, sino que también heredé algunas historias con las que sabía explicar a sus pacientes cuestiones complicadas de una manera sencilla y fácil de recordar. Una de ellas me sigue gustando contarla hoy en día.
Imagínese que descubre un precioso cuchillo antiguo en un mercadillo. Se adapta perfectamente a su mano, la hoja está bien afilada y el mango es quizá de una bonita madera oscura. Justo el cuchillo que llevaba tanto tiempo buscando. Está a punto de comprarlo cuando descubre una nota atada a él. En ella se cuenta todo lo que ya ha ocurrido con ese cuchillo y lo que todavía podría ocurrir: algunas personas se han cortado con él, quizá alguien se haya seccionado un tendón, otra persona haya sufrido una herida grave o incluso puede que ese cuchillo se haya utilizado para matar a alguien. ¿Seguiría teniendo las mismas ganas de comprarlo? El cuchillo sigue siendo exactamente el mismo. Se adapta igual de bien a su mano, su hoja no está ni más ni menos afilada. Y, sin embargo, ahora lo mira con otros ojos. No ha cambiado el cuchillo, sino lo que usted sabe de él. Y, sobre todo, todo lo que ahora puede llegar a imaginar.
„Y así llegamos al prospecto de medicamentos, ese pequeño papel que a veces consigue asustarnos más que la propia enfermedad.“
Lo que un prospecto de medicamentos puede provocar en nosotros
Quien haya leído alguna vez detenidamente el prospecto de un medicamento conocerá esa sensación. Nos recetan un fármaco, quizá para tratar una enfermedad de lo más corriente, y descubrimos una sorprendente colección de posibles molestias: dolor de cabeza, mareos, náuseas, trastornos del sueño, palpitaciones, erupciones cutáneas. Y, unas líneas más abajo, quizá cosas todavía mucho más inquietantes. A veces, después de leerlo, uno llega a preguntarse si realmente está lo bastante enfermo como para tomar ese medicamento. Y, sin embargo, tampoco aquí ha cambiado nada. El medicamento sigue siendo el mismo. Lo que ha cambiado es nuestra percepción de él. Por supuesto, los medicamentos pueden tener efectos secundarios. Algunos son frecuentes, otros poco habituales y algunos pueden ser graves. Todo eso hay que tomárselo en serio. Pero existe una diferencia considerable entre la posibilidad de que algo ocurra y la probabilidad de que me ocurra precisamente a mí. Y esa diferencia se pierde fácilmente al leer una larga lista.
Una noche cualquiera
Imagínese a alguien que acaba de llegar a casa de la farmacia con un medicamento nuevo. Se sienta a la mesa de la cocina, abre la caja y despliega el prospecto. Al principio lee con bastante tranquilidad. Hasta que descubre, entre los posibles efectos secundarios, las alteraciones del ritmo cardíaco. ¿Alteraciones del ritmo cardíaco? Eso no suena nada bien.
Vuelve a leer el apartado. Después, el siguiente. Allí se habla de mareos y dificultad para respirar. Sin darse cuenta, empieza a prestar atención a su propio cuerpo. ¿No le estará latiendo el corazón un poco más deprisa? Se pone dos dedos en la muñeca. Efectivamente, tiene el pulso acelerado. Nota una sensación desagradable en el estómago. Empieza a respirar de forma más superficial. Quizá incluso se maree un poco.
Y todavía no se ha tomado la pastilla.
¿Qué ha ocurrido? Solo con leer el prospecto, su sistema nervioso autónomo, también llamado vegetativo, ha reaccionado ante una amenaza percibida. El sistema nervioso simpático, la parte de nuestro sistema nervioso que nos prepara para afrontar situaciones de peligro, ha aumentado su actividad. El corazón late más deprisa, la respiración cambia y los músculos se tensan. Todo esto ocurre de manera prácticamente involuntaria. Nuestro sistema nervioso autónomo puede reaccionar ante un peligro que simplemente imaginamos con intensidad, aunque no estemos expuestos a él en ese momento. Basta con pensar en algo amenazante para que se desencadene una respuesta física de alarma.
Y ahora ocurre algo decisivo: nuestro protagonista nota sus palpitaciones. Acaba de leer que el medicamento puede provocar alteraciones del ritmo cardíaco. Así que interpreta esas palpitaciones como una confirmación de sus temores. La ansiedad aumenta y el corazón empieza a latir todavía más deprisa. Se crea un círculo vicioso que se alimenta a sí mismo.
En medicina conocemos este fenómeno, entre otros, como efecto nocebo: las expectativas negativas pueden provocar o intensificar síntomas. Esos síntomas no son, en absoluto, imaginarios. El corazón late realmente más deprisa, el estómago se contrae de verdad. Lo que ocurre es que la causa es distinta de la que la persona teme. Y todo esto puede empezar incluso antes de haber tomado la primera pastilla.
Un prospecto necesita contexto
De todo esto podríamos sacar la conclusión de que sería mejor no leer los prospectos. Pero, por supuesto, eso sería un error. Los pacientes tienen derecho a conocer los posibles riesgos de un tratamiento. Algunos efectos secundarios deben detectarse a tiempo, y las interacciones y contraindicaciones pueden ser de vital importancia.
Sin embargo, disponer de información no significa necesariamente comprenderla. En un prospecto aparecen riesgos muy diferentes unos junto a otros. Algunos efectos secundarios son frecuentes y leves; otros, poco habituales, pero importantes. Algunos afectan principalmente a personas con determinadas enfermedades previas o que toman otros medicamentos al mismo tiempo. Y, sobre todo, que un efecto secundario sea posible no significa que vaya a ocurrirme a mí. Un prospecto solo puede ofrecer hasta cierto punto esta valoración individual. Para eso, a veces hace falta una conversación.
No tomar un medicamento también puede tener efectos indeseados
Volvamos a nuestro protagonista, sentado a la mesa de la cocina. Ya ha vuelto a doblar el prospecto. Tiene la pastilla delante, pero decide que es mejor no tomarla. De momento se siente más seguro. Al fin y al cabo, si no toma el medicamento, no podrá sufrir ninguno de sus efectos secundarios.
Pero ¿está realmente más seguro? Eso depende del motivo por el que le hayan recetado el medicamento. Quizá debía reducir su tensión arterial y, con ello, disminuir a largo plazo el riesgo de sufrir un ictus. O quizá debía tratar una infección bacteriana o evitar que una enfermedad empeorase.
Por supuesto, también hay medicamentos de los que se puede prescindir y tratamientos cuyos beneficios deben sopesarse cuidadosamente frente a sus riesgos. Pero hay algo que olvidamos con facilidad: no solo tomar un medicamento puede tener consecuencias indeseadas. No tomarlo también puede tenerlas. En el prospecto, sin embargo, solo se explica lo que podría ocurrir por tomar el medicamento, no lo que podría suceder si decidimos prescindir de él. Y así, precisamente el miedo a un riesgo puede llevarnos a asumir otro, quizá mucho mayor.
Hablemos de ello
Si después de leer un prospecto se le han quitado las ganas de tomar su medicamento, no dude en llamarme.
Y que los prospectos a veces tienen sus propios efectos secundarios lo demuestra muy bien esta viñeta de MEDI-LEARN.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
Este artículo también está disponible en alemán!
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