Disculpe, ¿me queda bien esta enfermedad?
O… hacer visible lo invisible
¿Probarse enfermedades como si fueran prendas de ropa? Tiene algo de tiempo y decide darse una vuelta por unos grandes almacenes para echar un vistazo a las enfermedades.
Planta baja: Pequeñas molestias
Nada más entrar, encuentra resfriados, gastroenteritis y lumbagos colgados de las perchas. «Nuestros resfriados están de oferta», le explica una dependienta. Se pone un jersey suave y calentito. En realidad, es bastante cómodo, pero el cuello le irrita muchísimo la garganta y de las mangas no paran de salir pañuelos. «No está mal. ¡Pero este cuello! ¿No lo tienen sin dolor de garganta?» – «Me temo que no. Pero normalmente podrá quitárselo al cabo de una semana». – «Bueno, menos mal».
Primera planta: Los modelos crónicos
Aquí cuelgan enfermedades que pueden llevarse durante décadas. Descubre una hipertensión arterial. Un traje elegante que le queda como un guante. «¡Le sienta estupendamente!», le asegura la dependienta. Da una vuelta frente al espejo. «¿No me hace parecer un poco más gorda?» – «En absoluto. Ni siquiera se nota que lo lleva puesto». – «¿Y es fácil de mantener?» – «No del todo. Revisiones periódicas y, a veces, medicamentos». – «Mmm. Creo que seguiré mirando». A su lado cuelga una artrosis de rodilla. Un pantalón rígido cuyas perneras apenas se doblan. Intenta ponerse en cuclillas. «¡Pero si esto me echa veinte años encima!» – «Con el uso a veces se vuelve un poco más flexible», promete la dependienta. «Pero después de estar mucho tiempo sentada suele ponerse rígido otra vez». – «No, no me favorece». A continuación se prueba una polineuropatía. Dos calcetines gruesos que provocan una extraña mezcla de entumecimiento y ardor. Siente un hormigueo en los dedos de los pies, como si cientos de hormigas corretearan por ellos. Al caminar apenas nota el suelo. «¡Son demasiado gruesos! Y, aun así, tengo la sensación de andar descalza sobre brasas». – «Es parte del modelo». – «Además, me hacen caminar con mucha inseguridad. No, gracias».
Segunda planta: Las enfermedades invisibles
Coge una depresión. Un abrigo gris de aspecto discreto. Ya al levantarlo de la percha le sorprende lo mucho que pesa. Se lo pone. Inmediatamente, el peso le hunde los hombros. Las mangas le cuelgan como si fueran de plomo y el bajo se arrastra por el suelo. Los bolsillos están llenos de piedras. Hasta levantar la cabeza le cuesta un enorme esfuerzo. «¡Pero qué pesado es! Y este gris me deja una cara de enferma…». Quiere quitárselo, pero incluso desabrochar los botones le parece una tarea agotadora. «No, definitivamente el gris no es mi color». Al lado cuelga un trastorno de ansiedad. Una bonita prenda ajustada. Apenas se la pone, empieza a apretársele alrededor del pecho. El corazón se le dispara y el cuello le oprime la garganta. «¡Demasiado estrecha! ¿La tienen una talla más?» – «No serviría de nada. Este tejido a veces se encoge incluso antes de que ocurra nada». – «Pues para mi día a día no me sirve». Un poco más allá descubre una migraña. Un sombrero elegante que le favorece muchísimo. Pero en cuanto se lo pone, la cinta empieza a apretarle dolorosamente la cabeza y a martillearle la sien. «¡Qué bonito! ¿Pero tiene que apretar tanto?» – «A veces se puede aflojar un poco». – «¿Y si no?» – «Entonces, a menudo solo queda refugiarse en una habitación oscura y tranquila». – «Qué lástima. Era exactamente mi estilo». La siguiente blusa es finísima y preciosa. En la etiqueta pone: Picor crónico. Por lo visto, el interior está espolvoreado con polvos picapica. Enseguida empieza a rascarse por todas partes. «¡Es tan bonita! Pero mi piel no soporta este tejido». – «Por la noche suele picar todavía más». – «Entonces no es para mí». Al lado cuelga un trastorno del sueño. Un pijama azul oscuro cuyas costuras están hechas de pequeños relojes que no dejan de hacer tic-tac. Cada vez que cierra los ojos, uno de ellos empieza a sonar. «Elegante sí que es. ¡Pero esto no es un pijama para dormir!»
Tercera planta: Las enfermedades graves
Aquí reina más silencio y los percheros están más separados. Se prueba un párkinson. Un traje de corte impecable cuyos botones son tan diminutos que apenas consigue abrocharlos con los dedos temblorosos. Las mangas son rígidas y, al caminar, sus pasos se vuelven cada vez más cortos. «¡Pero si con esto me muevo como una anciana!» – «Con medicamentos, a veces conseguimos que el tejido sea más flexible». – «¿Y se mantendrá así?» – «Eso, lamentablemente, no podemos prometérselo». A su lado cuelga una demencia. Un vestido precioso, confeccionado con retales de colores. En cada uno hay bordados nombres, rostros, lugares y recuerdos. Se lo pone. Pero mientras se contempla en el espejo, algunos hilos empiezan a soltarse. Primero cae al suelo un nombre, después una fecha de cumpleaños. Finalmente desaparecen trozos enteros de tela. Intenta volver a coserlos, pero de pronto ya no recuerda dónde iba cada retal. «Qué vestido más extraño. En realidad me encanta, ¡pero no para de perder piezas!» – «Sí, por desgracia no podemos evitarlo». En un gran perchero cuelgan distintos tipos de cáncer, de todos los colores y cortes. «Este parece bastante inofensivo», comenta mientras descuelga un vestido. – «Puede ser. Pero no siempre sabemos cómo van a evolucionar estos modelos». – «¿Puedo devolverlo si no me gusta?» – «No podemos garantizarle que consiga quitárselo por completo». Lo vuelve a colgar.
El taller de arreglos
De camino a la salida descubre un pequeño taller. Sobre la puerta hay un cartel: Arreglos y ajustes. Hacemos lo que podemos. Una costurera mayor está sentada entre máquinas de coser, órtesis y todo tipo de ayudas técnicas. «¿Aquí también pueden arreglar enfermedades?» – «No todas. Pero muchas veces podemos aflojar algo, acolcharlo o acortarlo». – «¿Y cambiarlas por otras?» – «Para eso tendrá que pasar por caja».
En la caja
«¿Ha encontrado algo?», pregunta la cajera. «Por desgracia, no. En realidad quería cambiar mi enfermedad de siempre por otra». «¿Y qué ha traído?» Señala la camiseta interior que lleva desde hace años. Le queda ajustada, a veces le roza y hace tiempo que dejó de estar en su mejor estado. «La verdad es que quería deshacerme de ella. Pero todo lo que me he probado hoy tampoco era mejor». «¿Entonces se la queda?» «Eso parece». La cajera sonríe. «Pues mejor así. De todos modos, no habría podido aceptarle la devolución».
Señala un pequeño cartel junto a la caja:
No se admiten devoluciones. Nos reservamos el derecho a realizar modificaciones.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
Este artículo también está disponible en alemán!
Desde la consulta – leído de otra manera.
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