¿Cuándo se convierte el sufrimiento en enfermedad?
Depresión – Episodio 2
La depresión parece estar hoy en todas partes. Las cifras aumentan desde hace años, cada vez más personas reciben diagnósticos, antidepresivos o tratamiento psicoterapéutico. Al mismo tiempo, casi ningún concepto psiquiátrico ha cambiado tanto en las últimas décadas como este.
Antes, la idea de depresión era mucho más limitada. Se entendían sobre todo estados graves con una marcada pérdida de impulso, retraimiento profundo, trastornos del sueño, pérdida de peso y la sensación de estar interiormente inaccesibles. Términos como “melancolía”, “depresión endógena” o más tarde “enfermedad depresiva” describían cuadros clínicos relativamente claros.
Junto a ello existía durante mucho tiempo una segunda idea: la llamada depresión reactiva o exógena. Se refería a estados relacionados con acontecimientos vitales importantes: pérdidas, separaciones, sobrecarga o crisis biográficas graves. La separación nunca fue realmente clara. Las personas no encajan con precisión en categorías. Aun así, detrás de ello había una idea importante: no todo agotamiento profundo o desesperación debía entenderse automáticamente como una enfermedad independiente. Algunos estados se consideraban inicialmente una reacción humana comprensible ante una experiencia vital dura.
Con la ICD-10, esta distinción desapareció en gran medida del diagnóstico psiquiátrico oficial. La ICD, la clasificación internacional de enfermedades de la OMS, define mundialmente qué síntomas se consideran enfermedad. Lo decisivo pasó a ser menos la causa supuesta de un estado y más la cantidad, duración y gravedad de determinados síntomas. Trastornos del sueño, pérdida de impulso, falta de interés, problemas de concentración, vacío interior, agotamiento o retraimiento se convirtieron en criterios diagnósticos, cuya combinación podía dar lugar a episodios depresivos leves, moderados o graves.
Esto parece razonable en un primer momento y tiene ventajas evidentes. Muchas personas reciben ayuda antes. Problemas que antes quizá se habrían minimizado durante años hoy se toman en serio. Pero al mismo tiempo apareció una nueva dificultad: la frontera entre enfermedad y reacción humana se volvió mucho más difusa.
¿Cuándo empieza la enfermedad?
Esto se hace especialmente visible tras acontecimientos vitales graves.
Una mujer que años antes ya había sido tratada por depresión pierde a su hijo. Semanas después describe insomnio, vacío interior, agotamiento, problemas de concentración, pérdida de apetito y la sensación de apenas poder atravesar el día a día. Los síntomas cumplen casi por completo los criterios de un episodio depresivo.
¿Pero eso significa necesariamente que está enferma? ¿O estamos viendo simplemente a un ser humano reaccionando ante una de las experiencias más duras que puede sufrir una vida?
Precisamente en este punto se entiende por qué la antigua distinción dejó de ser suficiente para muchos psiquiatras. Porque la pregunta contraria es igualmente válida: ¿por qué debería una persona soportar estados así solo porque parecen comprensibles?
Que una pérdida sea comprensible no hace menos reales el insomnio, el vacío interior, el agotamiento o los pensamientos suicidas. El cuerpo reacciona de forma masiva ante pérdidas graves. El sueño se rompe. Los sistemas de estrés permanecen activados. Los dolores aumentan. La energía desaparece. Las personas pierden capacidad de resistencia y a veces también el equilibrio cotidiano. La comprensibilidad no protege frente al sufrimiento intenso.
Precisamente desde esta tensión cambiaron los sistemas diagnósticos modernos. La causa de un estado fue pasando a un segundo plano. Lo decisivo pasó a ser la intensidad de los síntomas, cuánto duran y hasta qué punto afectan a la vida de la persona.
Con ello también se desplaza inevitablemente la frontera de lo que hoy consideramos depresión. Los síntomas se solapan casi por completo con estados que los seres humanos han vivido desde hace siglos tras pérdidas, sobrecarga o profundas sacudidas biográficas. El duelo altera el sueño, el apetito, la energía, la concentración y la resistencia física. Puede vaciar interiormente a las personas, ralentizarlas y apartarlas de la vida cotidiana. El cuerpo reacciona ante pérdidas graves precisamente con muchos de los síntomas que hoy forman parte del diagnóstico psiquiátrico.
Y así aparecen decisiones terapéuticas inevitablemente difíciles.
Porque en cuanto un estado se clasifica como depresión surge casi automáticamente la cuestión del tratamiento. ¿Debe una persona recibir antidepresivos después de una pérdida grave? ¿A partir de qué momento? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Es suficiente el acompañamiento psicoterapéutico? ¿O precisamente ahí existe el riesgo de infravalorar un sufrimiento intenso?
La psiquiatría moderna ha desarrollado buenas razones para tratar precozmente los estados depresivos. Al mismo tiempo, muchos tratamientos siguen siendo insatisfactorios. Los antidepresivos pueden ayudar, pero también presentan efectos secundarios importantes y no funcionan de manera convincente en todas las personas. La psicoterapia, por su parte, requiere tiempo, estabilidad y disponibilidad, y en depresiones moderadas muchas veces no cumple por sí sola las recomendaciones actuales de las guías clínicas.
La discusión sobre la depresión conduce finalmente a una cuestión mucho más profunda: ¿qué entendemos realmente por enfermedad y cómo queremos afrontar como sociedad el sufrimiento humano?
Y si después de tanta depresión, clasificaciones ICD y sufrimiento humano todavía sigue usted aquí: en el próximo episodio hablaremos por fin del tratamiento. Antidepresivos, psicoterapia, efectos secundarios, guías clínicas… y del curioso hecho de que es precisamente ahí donde muchas discusiones empiezan de verdad.
Un cordial saludo,
su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
Parte 1 Depression se puede encontrar aqui: Parte 1 Depression
Este artículo también está disponible en alemán!
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