El glaciar no vuelve asi
Hoy, en una conversación, surgió el tema de un glaciar. Algo que durante mucho tiempo simplemente había estado allí: inmenso, estable, evidente. Y entonces empieza a adelgazar, a agrietarse, a retroceder. Hasta que llega un momento en el que uno se da cuenta de que falta algo. El glaciar se derrite, cambia y, finalmente, desaparece.
En ese punto, nuestra manera habitual de pensar deja de funcionar. Estamos acostumbrados a entender los cambios como problemas, como desviaciones que pueden corregirse, regularse, ordenarse o devolverse al equilibrio. Detrás de todo ello siempre está la misma idea: existe un estado correcto al que se puede volver.
Con un glaciar eso no funciona. Y, aun así, el reflejo permanece.
La menopausia y el cambio hacen visible precisamente ese límite. Algo cambia, no de forma temporal ni superficial, sino en una profundidad que ya no puede devolverse al estado anterior. Y casi automáticamente comienza la búsqueda de corrección. Dormir mejor, reducir los sofocos, volver a funcionar “como antes”. Todo eso es comprensible y muchas veces útil, pero sigue moviéndose dentro de una lógica que toma el pasado como medida. Las hormonas, el acompañamiento médico o los cambios en el estilo de vida pueden aliviar mucho. Pero no cambian la dirección de esa transformación. Exactamente de eso quiero hablar hoy.
En mi trabajo como médica de familia, la menopausia y el cambio aparecen muchas veces justo en ese momento en el que las mujeres sienten que el intento de volver a ser “como antes” ya no termina de funcionar. Tal vez pueda leerse de otra manera, desplazando la mirada y dejando de preguntar primero qué falta para empezar a observar qué está cambiando.
Con el glaciar, el paisaje no queda simplemente vacío. Desaparecen líneas, cambian las formas, los caminos dejan de ser los mismos. La orientación que antes parecía evidente ya no funciona igual. Y, al mismo tiempo, aparece una forma silenciosa de despedida, porque uno sabe que ya no volverá a verlo así durante su propia vida.
Y junto a eso aparece casi automáticamente la necesidad de buscar causas. Un reflejo profundamente humano. En cuanto algo desaparece, cambia o deja de poder recuperarse, comienza la búsqueda de explicaciones, responsabilidades y maneras de intentar detenerlo.
Menopausia y cambio: despedirse de lo anterior
En la menopausia y el cambio aparece un desplazamiento parecido. Algo disminuye y, al mismo tiempo, surge algo que todavía no tiene un nombre claro. Lo conocido reacciona de otra manera. Lo habitual deja de sostener igual. Ya no encaja del todo en el antiguo orden.
Y, como ocurre con el glaciar, también aquí aparece una forma de despedida, porque termina algo que durante mucho tiempo perteneció de manera natural a la propia vida: los años fértiles. Al mismo tiempo, cambia también la mirada sobre el propio cuerpo. La belleza, la feminidad y la atracción dejan de estar ligadas a la naturalidad de la juventud y se vuelven más conscientes, más libres y, en ocasiones, más independientes de la mirada ajena. Para algunas mujeres comienza por primera vez una relación más amable con su propio cuerpo.
Y junto a eso surge también otra mirada sobre la propia historia corporal. Sobre todo aquello que durante años simplemente se sostuvo, se soportó o se compensó. Alrededor de la menopausia, ese reflejo se dirige con facilidad hacia el propio cuerpo. Hacia el envejecimiento, los cambios o la pérdida de cosas que antes parecían naturales. Y muchas veces se ve reforzado por promesas, ofertas e ideas sobre cómo debería funcionar o envejecer un cuerpo. Y, sin embargo, esta transformación no es otra cosa que naturaleza.
Y entonces queda una pregunta que no se calma tan fácilmente. ¿Qué es exactamente lo que está cambiando aquí? ¿Y por qué sentimos tan rápido el impulso de devolverlo a la forma anterior?
¿Qué aparecería si uno dejara de intentar restaurar inmediatamente lo que existía antes?
¿Qué se haría visible si, en lugar de buscar corrección, se observara con más atención aquello que se está desplazando?
Si uno vuelve a mirar el glaciar, queda claro que el frío, la nieve y el tiempo que le dieron forma ya no permanecerán iguales. Y, aun así, no desaparece simplemente todo. La naturaleza no conoce el vacío. Cambia sus formas, crea nuevas conexiones y hace surgir otras realidades que todavía no somos capaces de imaginar en el momento mismo en que algo desaparece. (Véase también: “sucesión ecológica”).
Es una idea extrañamente tranquilizadora. Inusualmente optimista. ¿Un primer paso? Own your age!
Un cordial saludo, su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
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Depresion sin tristeza – cuando el cuerpo empieza a hablar
A veces todo pesa
La depresión sin tristeza a menudo no se manifiesta a través del estado de ánimo, sino mediante síntomas físicos como el cansancio, los trastornos del sueño o el dolor. Precisamente por eso, esta forma suele pasar desapercibida durante mucho tiempo.
Cuando se habla de depresión, la mayoría piensa en un cuadro conocido: ánimo bajo, pérdida de interés, aislamiento, falta de motivación. Esa imagen existe y es correcta. Pero no es la única. Hay formas en las que estos síntomas están claramente en primer plano. Y hay otras en las que la depresión comienza en el cuerpo y solo más tarde, o nunca del todo, se reconoce como tal, como la depresion sin tristeza. Este tipo de situaciones aparecen en la consulta medica. En estos casos, suele haber un síntoma principal, por ejemplo dolor de espalda, mareo, presión en el pecho o agotamiento. Rara vez alguien llega con una visión completa. Normalmente todo empieza de forma clara y física, a menudo durante semanas o meses. Ese síntoma ocupa toda la atención al principio.
Con el tiempo, y a través de preguntas más detalladas, la imagen cambia. El sueño lleva tiempo alterado, sin que se haya relacionado con el resto. Por la mañana el cuerpo no se siente descansado. La energía no alcanza para el día. La concentración disminuye. La actividad se reduce porque ya no se siente bien. El apetito cambia. El retraimiento aparece, pero rara vez se nombra así; se muestra en la vida diaria.
El lenguaje cotidiano describe este estado con bastante precisión, sin nombrarlo médicamente. Las personas dicen que „se sienten agotadas, vacías o como si estuvieran quemadas“. Hablan de que llegan al final del día „a duras penas“ o de que ya no consiguen „arrancar“. Algunos describen una „pesadez por dentro“, como si todo se hubiera vuelto „pesado“. Otros dicen que funcionan „en automático“ o que están „como ausentes“. Estas descripciones parecen simples, pero muestran con claridad que no solo están implicados los pensamientos, sino todo el cuerpo.
También en la literatura aparece este estado. Rilke describe una mirada que se ha vuelto “tan cansada que ya no retiene nada” (de La Pantera). No es un colapso dramático, sino una pérdida lenta de tensión y conexión, algo que muchas veces empieza en el cuerpo. En Baudelaire suena parecido, pero más directo: “rico, pero sin poder, joven y sin embargo muy viejo” (de: Esplin) Y a veces basta una frase sencilla como en Mascha Kaléko: “A veces todo pesa”. Estas descripciones son tan precisas porque no explican, sino que muestran cómo se siente el cuerpo.
El curso habitual sigue una lógica clara: se estudia el síntoma principal. El dolor de espalda se deriva a traumatología o pruebas de imagen, el mareo a ORL o neurología, la presión en el pecho a cardiología, el agotamiento a análisis de sangre. Es necesario y correcto, porque hay que descartar causas orgánicas importantes. Al mismo tiempo, la mirada permanece limitada mientras cada síntoma se considere por separado.
Aquí aparece otra dificultad: aceptar un diagnóstico físico es más fácil que aceptar una depresión. Una causa visible en una prueba o en un valor analítico resulta concreta y tranquilizadora, porque ofrece una dirección clara y una intervención posible. La depresión, en cambio, es menos visible y sigue asociada a la idea de responsabilidad personal o falta de esfuerzo. Esto hace que muchas personas permanezcan en lo físico durante mucho tiempo. Con el paso del tiempo suele aparecer un patrón que no se puede explicar por un solo órgano.
En estas situaciones, los médicos que consideran la depresión y hacen preguntas sobre el sueño, la energía o la carga interna entran en un terreno que no siempre resulta fácil. Para personas que se definen a través de su funcionamiento, estas preguntas pueden resultar extrañas, incómodas o incluso inadecuadas.
En la evolución de estos casos destacan dos aspectos: una falta persistente de energía y cambios en la forma en que el cuerpo percibe el dolor. La falta de energía no es simple cansancio. El cuerpo no arranca por la mañana, aunque haya habido tiempo suficiente de descanso. A lo largo del día no aparece una capacidad estable. Las pausas no recuperan. Incluso pequeñas tareas requieren un esfuerzo desproporcionado. Al mismo tiempo, el dolor cambia. Persiste sin causa estructural clara o se vuelve más difuso, menos localizable, a veces más intenso. El sistema nervioso se vuelve más sensible.
Ambos aspectos están relacionados con la regulación de neurotransmisores, entre ellos la serotonina. Esta no solo influye en el estado de ánimo, sino también en el sueño, la energía, la percepción del dolor y las funciones corporales básicas.
Un ejemplo típico: una persona consulta por dolor de espalda durante meses. No se encuentra una causa clara. La fisioterapia ayuda temporalmente, los analgésicos también, pero el problema vuelve. Con el tiempo aparecen el mal descanso, el agotamiento matutino, la reducción de la actividad y la disminución de la resistencia. El dolor es el motivo de consulta, pero el patrón es más amplio.La depresión sin tristeza suele pasar desapercibida en estos casos, porque no encaja con la imagen clásica.
Muchas personas siguen funcionando, mantienen sus compromisos y parecen estables, mientras el cuerpo ya ha perdido su equilibrio. No todo es depresión. Pero muchos cuadros que parecen puramente físicos están más cerca de ello de lo que se piensa.
En uno de los próximos newsletters se tratará una pregunta concreta: por qué la depresión parece haber aumentado tanto en los últimos años. Puede encontrar más información sobre mi forma de trabajar y los servicios de atención médica general aquí:
Especial enfoque en enfermedades crónicas
Un cordial saludo,
su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
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Confianza y desconfianza
La confianza y la desconfianza influyen hoy en muchos ámbitos de la sociedad, desde la política hasta la medicina. Más que una pérdida general de confianza, lo que ha cambiado son las condiciones en las que surgen y se refuerzan las dudas.
En el debate actual se habla mucho de una supuesta pérdida general de confianza o confianza y desconfianza. Sin embargo, quizá la situación sea otra. Tal vez no confiamos menos que antes, sino que la desconfianza ha cambiado de forma. Hoy puede conectarse, reforzarse y hacerse visible como nunca.
La desconfianza ya no es una experiencia aislada. Se encuentra con otras, se confirma a sí misma y gana fuerza en redes, medios y conversaciones públicas. Lo que antes quedaba disperso, ahora forma estructuras. Eso cambia la percepción. No parece que haya más desconfianza, sino que es más visible, más coherente y más difícil de contradecir. Al mismo tiempo, la confianza funciona de otra manera. No es simplemente lo contrario de la desconfianza. No desaparece cuando aparece la duda. La confianza es una anticipación: una expectativa positiva que se concede antes de tener pruebas completas. Por eso es más frágil. Basta una decepción para dañarla. La desconfianza, en cambio, necesita menos. Se alimenta de indicios, de experiencias parciales, de relatos compartidos. Y una vez establecida, se refuerza a sí misma. Esto explica por qué resulta más fácil crear redes de desconfianza que de confianza. La confianza necesita tiempo, experiencias consistentes y cierta estabilidad. La desconfianza, en cambio, puede crecer rápidamente, especialmente cuando encuentra un entorno que la confirma.
Esto también se observa en el ámbito del conocimiento: Suena razonable querer comprobarlo todo por uno mismo. Pero en muchos campos eso no es posible. Por eso existe la ciencia: no como un conjunto de opiniones, sino como un sistema de control organizado. El conocimiento se revisa, se discute y se corrige dentro del propio sistema. Ahí radica su diferencia frente a la experiencia individual.
Un ejemplo médico lo ilustra bien. Un paciente toma un medicamento y siente que no le ayuda, o incluso que le perjudica. Esa experiencia es real y debe tomarse en serio. Pero, al mismo tiempo, existen datos que provienen de estudios con miles de personas, evaluados bajo condiciones controladas. Ambas cosas conviven. La experiencia es inmediata y convincente. Los datos científicos son más abstractos y menos accesibles. Cuando se colocan al mismo nivel sin contexto, aparece la confusión.
Esto también cambia la forma de mirar el presente. No se trata tanto de preguntarse por qué la confianza no desaparece, sino de entender en qué condiciones surge – y con qué rapidez puede perderse cuando esas condiciones se vuelven frágiles.
En el plano político ocurre algo similar. La confianza en las instituciones no se genera mediante declaraciones, sino a través de funcionamiento. Surge cuando los procesos son comprensibles, cuando las decisiones tienen efectos visibles y cuando existe la posibilidad real de corrección.
Por eso la cuestión no es si confiamos más o menos, sino en qué condiciones puede mantenerse la confianza en un entorno que hace visible y conecta la desconfianza de forma permanente.
Desde una perspectiva más psicológica, la diferencia también es clara. Las personas que confían no son necesariamente más ingenuas. A menudo han vivido experiencias en las que la fiabilidad, la coherencia y la previsibilidad han estado presentes. La confianza no es una decisión puntual. Es el resultado de experiencias acumuladas. También en medicina, la confianza no nace de promesas, sino de procesos claros y de una forma de trabajar comprensible.
La desconfianza, en cambio, suele surgir cuando esas condiciones fallan. Cuando hay contradicciones, rupturas o falta de coherencia, el sistema cambia. Entonces ya no se anticipa lo positivo, sino que se espera el error. Eso no es irracional. Es una adaptación. La dificultad está en que la confianza necesita más para reconstruirse que la desconfianza para instalarse. Y en un entorno donde la desconfianza se refuerza continuamente, esa reconstrucción se vuelve más lenta.
Aun así, la confianza no desaparece. Cambia de forma, se desplaza y se vuelve más selectiva.
Un cordial saludo, su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
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Cómo se forman los diagnósticos y cómo entenderlos
¿Cómo se forman los diagnósticos, cómo se pueden entender diagnósticos y por qué muchos síntomas no se pueden explicar de forma clara?
Un paciente acude con una tensión arterial que lleva semanas oscilando. A veces alta, luego normal, con sensación de presión en la cabeza en ocasiones, inquietud interna y, de vez en cuando, palpitaciones. Este tipo de evolución forma parte del día a día en la medicina general. No es difícil por falta de conocimiento médico, sino porque a menudo intervienen varias capas al mismo tiempo que no se pueden separar fácilmente.
Los diagnósticos no surgen simplemente porque “se encuentre algo”, ni tampoco solo por una clasificación teórica. Se construyen a partir de la conversación médica, la exploración y, cuando es necesario, de pruebas técnicas o diagnósticas. La exploración no incluye únicamente lo que se puede medir o visualizar, sino también lo que antes se llamaba el “nervio”: la tensión interna, la forma de reaccionar y la manera en que una persona percibe y describe sus síntomas. La psicología también forma parte de este conjunto, no solo cuando ya no se encuentra nada más.
Las cuatro dimensiones de los síntomas
Desde un punto de vista médico, se puede estructurar en cuatro niveles: causas estructurales, causas vegetativas (a las que volveré más adelante), procesos psicológicos y el ámbito que suele denominarse “funcional”, que en realidad no es tanto una categoría como una forma de nombrar aquello cuya causa no se puede definir con claridad, todavía o quizá nunca.
Esta clasificación ayuda a ordenar el pensamiento, pero no debe ocultar que en la práctica predominan los casos mixtos. Varias dimensiones interactúan, se influyen mutuamente y cambian con el tiempo. Eso es precisamente lo que hace compleja la interpretación.
El modelo de la orquesta
Estas dimensiones se pueden imaginar como una orquesta.
El nivel estructural corresponde a los instrumentos. Si una cuerda está rota, una válvula dañada o un instrumento desafinado, existe un defecto material.
El nivel vegetativo corresponde al director. No decide si el instrumento está roto, sino cómo se conduce el conjunto: si hay tensión, aceleración, desorden o calma.
El nivel psicológico corresponde a la interpretación de la obra. Determina en qué se centra la atención, cómo se interpreta lo que ocurre y qué significado se le da.
El ámbito funcional es el más difícil. Es el momento en el que la orquesta suena mal, pero no está claro por qué. Algo no encaja, pero la causa no es evidente.
La tensión arterial como ejemplo de un sistema complejo
La tensión arterial ilustra bien este modelo.
Un paciente con valores elevados puede tener una causa estructural. Una enfermedad renal, una alteración vascular o un trastorno hormonal pueden hacer que la presión arterial permanezca elevada de forma persistente. Esta forma de hipertensión se denomina hipertensión secundaria y tiene una causa física concreta. En este caso existe una alteración que modifica los mecanismos de regulación.
Otro paciente presenta valores elevados y variables sin hallazgos estructurales. Aquí predomina una disfunción vegetativa. El sistema está en alerta constante. La tensión, la ansiedad o la presión interna mantienen el organismo en un estado de activación.
En otros casos se habla de un trastorno funcional. Se observa una inestabilidad, pero no se puede definir claramente la causa.
Y en otros pacientes predomina el nivel psicológico. No tanto por la reacción corporal en sí, sino por la forma en que se vive e interpreta la situación. El valor deja de ser solo una cifra y adquiere significado.
Por qué los diagnósticos no son claros
Estas categorías no son compartimentos estancos. En la práctica, la mayoría de los casos son mixtos. Una alteración estructural leve puede amplificarse a nivel vegetativo, o una activación vegetativa puede adquirir un fuerte significado psicológico.
La tensión arterial no es un valor fijo, sino el resultado de una regulación constante. Precisamente por eso, simplificar conduce fácilmente a errores.
La psicología determina cómo se vive una situación. El sistema vegetativo determina cómo responde el cuerpo.
Qué define realmente el trabajo médico
El valor del trabajo médico no está solo en encontrar hallazgos, sino en diferenciar y relacionar estas dimensiones. Esto no se consigue únicamente con tecnología, sino mediante conversación, observación y experiencia. Y requiere tiempo.
La tecnología sigue siendo esencial, pero no sustituye la interpretación. Este aspecto menos técnico de la medicina ha ido perdiendo protagonismo en los últimos años.
Que hoy en día este campo quede en manos de otros no es solo un problema organizativo, sino también una pérdida intelectual. Porque precisamente ahí reside una de las mayores fortalezas de la medicina: distinguir sin simplificar.
Un saludo cordial,
su médica de familia en Mallorca Dr. Ines Augele
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