¡Qué asco!
Nota previa: Para los que se incorporan por primera vez a este boletín, y para todos los demás lectores habituales: hoy el tema va a ser contundente; no siempre es así, ¡así que no dejéis de seguirnos!
El hombre que está delante de usted en la caja del supermercado se está hurgando la nariz. No durante mucho tiempo, solo un instante. Cree que nadie lo ha visto. Después apoya ese mismo dedo sobre el terminal para pagar con tarjeta. Ahora le toca a usted y coloca su dedo exactamente sobre el mismo botón. De camino a casa suena su teléfono móvil. Contesta la llamada. Al llegar a casa corta una manzana. Una hora más tarde se frota brevemente un ojo. Al salir vuelve a bajar el picaporte de la puerta. Poco después, su pareja abre esa misma puerta.
No percibe nada de todo esto. Pero quizá, en este preciso momento, algunos microorganismos procedentes de la nariz de un completo desconocido hayan emprendido un viaje con usted.
Bienvenido a un mundo que preferiría no ver.
Y, sin embargo, este viaje no tuvo nada de extraordinario. Hoy mismo se ha repetido incontables veces, no solo con usted. Las bacterias, los hongos y los virus no necesitan billete. Nuestra vida cotidiana es su red de transporte. Y, aun así, no estamos enfermando constantemente.
¿Por qué?
El asco es más rápido que nuestra razón
Probablemente, mientras leía el comienzo, en algún momento pensó: «¡Qué asco!». O incluso lo sintió antes de pensar conscientemente en ello. Eso es precisamente el asco. El asco no es un pensamiento. Es una emoción. Y las emociones funcionan de forma distinta a nuestra razón: son más rápidas. Nuestro rostro se contrae, nos alejamos de inmediato y, a veces, incluso sentimos un nudo en el estómago. Solo después nuestra razón empieza a preguntarse:
¿Realmente era como acaba de parecerme?
Las emociones no preguntan por probabilidades. No están hechas para eso.
Nuestro sentimiento de asco es antiquísimo. Mucho antes de que los seres humanos supieran que existían bacterias o virus, nuestro cerebro ya tenía que decidir de qué era mejor mantenerse alejado. La carne en mal estado, la putrefacción, las heces o las heridas con pus solían estar realmente asociadas a un mayor riesgo. El asco no necesitaba comprender ese riesgo. Solo tenía que conseguir que mantuviéramos la distancia.
¿Por qué el asco y la razón no siempre llegan a la misma conclusión?
Hoy vivimos en un mundo diferente. Sin embargo, nuestro cerebro apenas ha cambiado. Sigue reaccionando a imágenes, olores y experiencias, no a los microorganismos. Y estos no podemos ni verlos ni olerlos. Piense por un momento… en un… moco….Dentro de su propia nariz apenas nos preocupa. En cambio, cuando está en un dedo, muchas personas ya lo encuentran desagradable. ¿Pegado debajo de la mesa de un restaurante? De repente, la mayoría preferiría no volver a tocar esa mesa. Desde un punto de vista biológico, ha cambiado sorprendentemente poco. Lo importante no es solo lo que vemos, sino dónde lo vemos y de quién procede.
Algo parecido ocurre con la saliva.
Nuestra propia saliva apenas nos llama la atención. Pero si, por accidente, bebemos del vaso de un desconocido, muchas veces basta con pensarlo para apartar el vaso inmediatamente. Y ahora piense en un beso con lengua. Solo imaginarlo en el contexto en el que acabo de mencionarlo ya resulta difícil si se intenta verlo como algo romántico y agradable. Sin embargo, el contexto adecuado también puede transformar esta situación en una experiencia positiva.
Nuestro asco hace exactamente aquello para lo que evolucionó. Su función es volvernos cautelosos, no evaluar científicamente cuál es el riesgo real de una infección. De eso se encarga nuestra razón. La razón se pregunta: ¿Puede transmitirse realmente algo aquí? ¿Por qué vía? ¿Con qué probabilidad?
A veces, la emoción y la razón llegan a la misma conclusión. A veces no. Y cuando se contradicen, casi siempre la emoción llega primero.
¿Por qué, aun así, no enfermamos constantemente?
Si el mundo fuera realmente tan peligroso como parecía después del primer apartado, lo lógico sería que estuviéramos enfermos todo el tiempo. Pero no es así. Nuestra piel es mucho más que una simple envoltura. Constituye una barrera muy eficaz. La saliva contiene sustancias capaces de inactivar muchos microorganismos. Las mucosas atrapan a los invasores, los cilios los transportan de nuevo hacia el exterior y el ácido del estómago destruye gran parte de lo que tragamos. Al mismo tiempo, sobre nuestra piel viven miles de millones de microorganismos propios que no ceden voluntariamente su espacio a los recién llegados. Nuestro cuerpo no es un lugar estéril. Es un ecosistema extraordinariamente bien protegido. Por eso, la inmensa mayoría de los encuentros con microorganismos termina antes incluso de que tengan la oportunidad de causar ningún daño. Quedan retenidos en la piel, se secan, son arrastrados por los líquidos del organismo o eliminados por el sistema inmunitario, casi siempre sin que lleguemos a darnos cuenta.
Recordamos sobre todo la infección, la herida que se inflamó o la gastroenteritis. Lo que nunca percibimos son las incontables ocasiones en las que nuestro cuerpo puso fin a esa misma historia antes incluso de que llegara a empezar.
¿Qué significa esto para la higiene?
¿Quiere decir todo esto que la higiene no es importante? Todo lo contrario. Una buena higiene no consiste en intentar evitar cualquier contacto con los microorganismos. Eso sería imposible. Consiste en comprender cuándo existe realmente un riesgo relevante.Lavarse las manos después de ir al baño, antes de curar una herida o al manipular carne de ave cruda tiene todo el sentido. Un quirófano sigue unas normas muy distintas a las de un paseo por el bosque. Nuestro asco no necesita distinguir siempre de forma fiable entre unas situaciones y otras. Su único mensaje es: «¡Ten cuidado!» – El resto lo hace —esperemos— nuestra razón.
¿Puede cambiar el asco?
Sí. Y esta es, quizá, la conclusión más sorprendente de este artículo. El asco es una emoción muy antigua, pero no es inmutable. Nuestro cerebro puede aprender hacia qué dirige esa emoción. Las experiencias, los hábitos y las relaciones cambian aquello que percibimos como agradable o desagradable. Un niño pequeño puede poner mala cara al probar aceitunas o café. Muchos adultos disfrutan de ambos. En algunas culturas, los insectos se consideran un manjar, mientras que en otras provocan rechazo. No ha cambiado la biología, sino el significado que nuestro cerebro y nuestro entorno atribuyen a una situación. El asco nos protege. Y, al mismo tiempo, puede seguir aprendiendo durante toda la vida.
La historia más interesante de este artículo probablemente no sea la del hombre que estaba delante de usted en la caja del supermercado, sino todo lo que no ocurrió después.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
Este artículo también está disponible en alemán!
________________________________________________________________________________
Se puede leer así. También se puede compartir.
¡Siente deseo!
¡Ruborízate ahora! ¡Pon la piel de gallina ahora mismo! ¡Empieza a sudar! ¡Haz que tu corazón lata más deprisa! ¡Relájate inmediatamente! ¡Duérmete ahora mismo! ¡Sé espontáneo!
¡Siente deseo!
Todas estas órdenes tienen algo en común: cuanto más intentamos obedecerlas directamente, peor funcionan. No es porque seamos torpes. Es porque intentamos controlar algo que escapa a nuestra voluntad. Nadie decide ruborizarse. Nadie decide quedarse dormido. Y cualquiera que haya pasado una noche intentando desesperadamente conciliar el sueño sabe que precisamente ese esfuerzo suele impedirlo. ¿Por qué pensamos entonces que precisamente la última orden debería funcionar?
Con el deseo sexual solemos comportarnos como si fuera una decisión. Cuando no aparece, buscamos el problema en nosotros mismos o en nuestra pareja. Creemos que deberíamos relajarnos más, soltarnos más o simplemente esforzarnos más. Desde el punto de vista médico, sin embargo, esto es un malentendido.
El deseo sexual no nace en la corteza cerebral
Cuando hablamos del cerebro, la mayoría pensamos en la corteza cerebral: la parte con la que planificamos, analizamos, tomamos decisiones y resolvemos problemas. Gracias a ella podemos leer este artículo o planificar nuestras próximas vacaciones. Sin embargo, no es el centro de control de los procesos corporales de la excitación sexual.
Esa función corresponde a otras regiones más profundas del cerebro. Trabajan en estrecha colaboración con el sistema nervioso autónomo y responden a la información que reciben continuamente del cuerpo y del entorno: ¿cómo respiramos?, ¿cuál es nuestro nivel de tensión muscular?, ¿cómo se siente una caricia?, ¿percibe el cuerpo seguridad?
De la interacción entre todos estos procesos surgen las condiciones físicas necesarias para que aparezca la excitación sexual. Por eso, cuando intentamos resolver este „problema“, recurrimos automáticamente a la parte del cerebro que hemos aprendido que sirve para resolver problemas: la corteza cerebral.
Relájate – Siente deseo – Suéltate – Funciona
Y la corteza cerebral entiende perfectamente todas esas órdenes. Puede tomar decisiones. Puede desear algo. Puede decidir, por ejemplo, que hoy quiere tener relaciones sexuales. Lo que no puede decidir es que aumente el riego sanguíneo de los órganos sexuales, que el pene tenga una erección o que la vagina se humedezca. Muchos hombres no consiguen una erección a pesar de desear tener relaciones sexuales. Muchas mujeres experimentan que, a pesar de ese mismo deseo, su vagina no se humedece. Ambos pueden desearlo profundamente. Pero el cuerpo no responde.
El deseo sexual no obedece órdenes
No se trata de falta de voluntad. Tampoco demuestra falta de amor o de atracción hacia la pareja. Lo que demuestra es que los sistemas corporales que hacen posible la excitación sexual no responden a órdenes. Y si esto es así, surge una pregunta mucho más interesante:
¿Cómo podemos llegar entonces a esos centros cerebrales?
Si no responden a órdenes, debe existir otro camino. Un camino que no pase por el control consciente, sino por las señales que el cuerpo envía constantemente al cerebro. El deseo sexual necesita otras condiciones. Aquí es precisamente donde entra en juego el enfoque sexocorporal (Sexocorporel). Parte de la idea de que estos sistemas reguladores, que funcionan de manera inconsciente, no pueden modificarse mediante un esfuerzo de voluntad, sino a través de la percepción del propio cuerpo. A esto se le llama autocentración (autocentrage).
En realidad se trata de algo muy sencillo: dirigir primero la atención hacia la propia experiencia corporal. Hacia la respiración. La temperatura de la piel. El contacto del cuerpo con la superficie sobre la que estamos apoyados. Esas pequeñas sensaciones que normalmente pasan desapercibidas. Al principio no para provocar deseo, sino para volver a percibir el propio cuerpo. Al hacerlo, cambia la información que los centros cerebrales más profundos reciben continuamente desde el cuerpo. La respiración se vuelve más libre, la tensión muscular innecesaria puede disminuir, las caricias se perciben con mayor intensidad y el sistema nervioso autónomo puede entrar en un estado que permita que la excitación sexual aparezca.
Lo paradójico es que, en el momento en que dejamos de intentar fabricar el deseo, solemos crear por primera vez las condiciones para que pueda surgir.
El origen del deseo sexual es complejo. Comienza en el cerebro e implica numerosos procesos. Pero para que ese deseo se convierta en una excitación físicamente perceptible, también es necesario que aumente el flujo sanguíneo hacia los órganos sexuales. Sin estas respuestas del sistema nervioso autónomo no hay erección, ni lubricación vaginal y, por tanto, tampoco una excitación sexual perceptible desde el punto de vista físico.
Ahora probablemente mire la imagen del principio de este artículo de otra manera.
El dedo sobre el interruptor representa nuestro deseo de poder „encender“ el deseo sexual. Sin embargo, el cuerpo funciona siguiendo otras reglas. Espero que, al leer este artículo, haya hecho „clic“. –
Y para el resto…no necesita ningún interruptor.
¿Este artículo ha despertado su curiosidad?
En la página web de mi marido encontrará más información sobre el enfoque sexocorporal, así como numerosos artículos relacionados con la sexualidad y la vida en pareja: www.sexonanz.ch
Si lo desean, también ofrecemos sesiones conjuntas para parejas sobre sexualidad, en las que combinamos perspectivas médicas, psicológicas y sexocorporales.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
Este artículo también está disponible en alemán!
________________________________________________________________________________
Se puede leer así. También se puede compartir.
¡Un gol. Millones de emociones!
Si usted es uno de los lectores fieles de mi boletín, probablemente esté leyendo estas líneas antes de la final del Mundial. En ese caso, naturalmente, todavía no sabe cómo terminará la noche.
Todavía no sabe si continuará leyendo este artículo con una sonrisa o con los hombros caídos.
¿Cómo terminará su domingo por la noche?
🟢 Si gana su selección – aquí comienza la alegría → siga leyendo aquí.
🔴 Si pierde su selección – aquí comienza la decepción → siga leyendo aquí.
Y si en este momento está pensando: «No me interesa en absoluto el fútbol», quédese un momento más.
Porque, en realidad, este artículo no trata del fútbol. Trata de nosotros, de nuestro cuerpo y de cómo hace visibles nuestras emociones.
Minuto 90. Penalti.
De repente, el estadio queda en silencio. Decenas de miles de personas contienen la respiración al mismo tiempo. Algunas se llevan las manos a la boca; otras ya no son capaces ni de mirar. En el sofá, alguien se desliza hasta el borde del asiento; un niño esconde la cara detrás de un cojín, aunque sigue mirando con curiosidad entre los dedos.
La persona encargada de lanzar el penalti coloca el balón. Da unos pasos hacia atrás. Se incorpora. Respira profundamente. Relaja una vez más los hombros. Comienza la carrera. Un disparo. ¡Gol!
En apenas unos instantes, el cuerpo de millones de personas cambia: unos saltan de alegría, otros se derrumban. Algunos gritan de felicidad, otros de desesperación. Unos ríen, otros lloran. Y otros, simplemente, se quedan completamente en silencio.
¿Cómo puede un solo balón provocar tanto?
Porque las emociones no nacen únicamente en nuestra mente: en cuestión de segundos invaden todo nuestro cuerpo. El corazón late más deprisa, la respiración cambia, los músculos se tensan, las pupilas se dilatan y toda nuestra atención se concentra en lo que está ocurriendo. A través del sistema nervioso autónomo, nuestro cerebro prepara a todo el organismo para aquello que considera importante en ese momento.
No solo tenemos emociones.
Las encarnamos.
🟢 Mi selección ha ganado
Entonces probablemente usted sea una de las personas que acaba de ponerse en pie de un salto.
Quizá haya levantado los brazos, abrazado a la persona que tenía al lado o gritado de alegría. Tal vez se haya reído. Quizá haya sentido lágrimas en los ojos. O tal vez note que su corazón sigue latiendo con fuerza o se dé cuenta ahora de que durante el penalti había contenido la respiración.
Quizá solo existió ese sentimiento abrumador: ¡Sí!
Nada de eso fue una decisión consciente.
Mucho antes de que el pensamiento «¡Hemos ganado!» llegara realmente a su conciencia, su sistema nervioso autónomo ya había preparado a su cuerpo para la alegría. El ritmo cardíaco y la respiración se aceleran, la musculatura se tensa y todo el organismo entra en estado de activación.
No solo nos alegramos: nuestro cuerpo también se alegra.
🔴 Mi selección ha perdido
Entonces quizá a su alrededor todo haya quedado en silencio.
Puede que sus hombros hayan caído. Tal vez siga mirando la pantalla o ya la haya apagado. Quizá note un nudo en la garganta, una presión en el pecho o simplemente una sensación de vacío. Algunas personas gritan su desesperación; otras son incapaces de pronunciar una sola palabra. Los niños suelen llorar sin contenerse, mientras que los adultos intentan ocultar su decepción.
Quizá su primer pensamiento haya sido simplemente: ¡No!
Tampoco eso lo eligió usted.
Mucho antes de que el pensamiento «Hemos perdido» terminara de formarse, su cuerpo ya había reaccionado. El ritmo cardíaco, la respiración, la tensión muscular y la postura corporal cambian en cuestión de segundos.
La decepción no es solo un sentimiento: también se manifiesta en todo el cuerpo.
Con independencia del apartado que haya leído, a partir de aquí continuamos todos juntos.
Porque, por muy diferentes que se sientan la alegría y la decepción, el cuerpo pone en marcha inicialmente procesos biológicos muy parecidos.
El lenguaje del cuerpo: por qué la alegría y la desesperación a veces se parecen tanto
La próxima vez que vea un partido de fútbol, haga un pequeño experimento: apague el sonido.
De repente resulta sorprendentemente difícil distinguir algunas emociones.
Un aficionado abre la boca de par en par. Tiene los puños cerrados. Todo su cuerpo está tenso.
¿Está gritando de alegría? ¿O es un grito de desesperación?
A primera vista, ambas situaciones pueden parecer casi iguales. Sorprende, ¿verdad? En realidad, nuestro cerebro no procesa las emociones como si estuvieran guardadas en compartimentos separados. La alegría, el miedo, la ira, la sorpresa o la desesperación surgen en regiones cerebrales estrechamente interconectadas y con frecuencia utilizan los mismos programas corporales.
Por eso, el primer paso suele ser el mismo: el sistema nervioso autónomo activa el cuerpo. El corazón late más deprisa, la respiración se intensifica, la musculatura se tensa y toda la atención se dirige hacia lo que está ocurriendo.
Solo después nuestro cerebro interpreta la situación: ¿el gol ha sido para nosotros o contra nosotros? ¿Existe un peligro? ¿O acabamos de vivir un éxito extraordinario?
Solo esa valoración determina si esa misma activación corporal se experimenta como alegría, desesperación, miedo o ira. El cuerpo aporta primero la energía; el cerebro le da su significado.
El lenguaje del cuerpo: por qué las emociones son contagiosas
Pero la historia no termina ahí.
Se marca el gol. El primer aficionado salta. Levanta los brazos y grita de alegría. Fracciones de segundo después, las personas que lo rodean también se ponen en pie. Desconocidos se abrazan, ríen, cantan y celebran juntos. De repente, una multitud de individuos se convierte en una sola emoción compartida.
Nuestra alegría no depende únicamente del acontecimiento en sí, sino también de las personas que nos rodean. Nuestro cerebro observa continuamente las expresiones faciales, la postura corporal, la voz y los movimientos de los demás. En este proceso participan, entre otros, las llamadas neuronas espejo. Nos ayudan a comprender las acciones y, probablemente, también las emociones de otras personas. Lo más probable es que formen parte de una red mucho más amplia que hace posible la empatía y la compasión.
Esta capacidad es antiquísima. Mucho antes de que los seres humanos pudieran hablar, comprender rápidamente el lenguaje corporal de los demás era una cuestión de supervivencia.
Si, de repente, varias personas levantaban la vista asustadas, se quedaban inmóviles o echaban a correr, no había tiempo para discutir. Quien primero preguntaba «¿Por qué corréis?» posiblemente ya había perdido.
También hoy podemos observarlo en el reino animal. Cuando un caballo de una manada levanta bruscamente la cabeza, orienta las orejas o sale huyendo, los demás suelen reaccionar en cuestión de instantes, mucho antes de haber descubierto por sí mismos la causa.
Esta rápida transmisión de la atención puede salvar vidas, pero también puede hacer mucho más.
No solo compartimos el peligro y la desesperación; también compartimos la alegría. Así es como nuestras emociones nos unen. Al final, el trofeo solo lo levanta un equipo. ¡Las emociones de esa noche nos pertenecen a todos!
Por cierto:
Quien quiera observar este lenguaje del cuerpo fuera de un estadio de fútbol también puede hacerlo con los caballos. Ellos no juegan al fútbol, pero cuando se trata de percibir el lenguaje corporal y reaccionar a los cambios más sutiles de quienes tienen delante, son unos maestros extraordinarios.
→ Más información sobre el lenguaje del cuerpo y mi trabajo con caballos
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
Este artículo también está disponible en alemán!
________________________________________________________________________________
Se puede leer así. También se puede compartir.
Tratamiento moderno de las heridas
¿Dejar que la herida «respire» o cubrirla con un apósito?
El consejo de «¡Déjala al aire!» sigue estando muy extendido. Sin embargo, el tratamiento de las heridas ha cambiado radicalmente en los últimos 3.500 años. Algunos métodos antiguos estaban sorprendentemente adelantados a su tiempo; otros han quedado completamente superados. La historia de la cicatrización demuestra de forma impresionante cómo ha evolucionado el conocimiento médico.
De la miel a la orina: los primeros tratamientos de las heridas
Los antiguos egipcios ya observaron que algunas heridas cicatrizaban mejor cuando se cubrían con miel. En aquella época nadie sabía por qué ocurría. Hoy conocemos la explicación: la elevada concentración de azúcar extrae agua de las bacterias e inhibe su proliferación. Además, la miel mantiene la herida húmeda y contiene sustancias antibacterianas naturales.
Por este motivo, la miel medicinal especialmente procesada sigue utilizándose hoy en determinadas heridas, aunque únicamente como producto sanitario certificado y no como la miel común del supermercado.
Junto a la miel se empleaban muchos otros tratamientos. Las heridas se limpiaban con vino, vinagre o preparados de hierbas. Durante siglos también se utilizó la orina para limpiar heridas. Desde la perspectiva actual puede parecer extraño, pero tenía una explicación razonable: la orina fresca de una persona sana suele contener muy pocos microorganismos patógenos y urea, una sustancia que puede ayudar a reblandecer ligeramente el tejido muerto.
Sin embargo, no existen pruebas científicas sólidas de que la orina mejore la cicatrización. En la actualidad, las soluciones estériles para irrigación de heridas o el suero fisiológico son claramente la mejor opción.
Del «buen pus» a la medicina moderna
Durante la Edad Media incluso se consideraba que el pus era un signo de buena cicatrización. Se hablaba del pus bonum et laudabile, es decir, el «pus bueno y digno de elogio».
Hoy sabemos que el pus está formado por glóbulos blancos muertos, bacterias, restos de tejido y líquido procedente de la herida. Su presencia indica que el sistema inmunitario está luchando contra una infección bacteriana.
Sin embargo, no toda secreción amarillenta es pus. Las heridas recientes suelen producir un líquido transparente o ligeramente amarillento, llamado exudado. Este forma parte del proceso normal de cicatrización. En cambio, una secreción espesa, turbia o con mal olor debe ser valorada por un médico.
El gran punto de inflexión llegó en el siglo XIX. En 1847, Ignaz Semmelweis demostró que la desinfección rigurosa de las manos reducía drásticamente las infecciones mortales. Poco después, Louis Pasteur demostró que los microorganismos causaban enfermedades. Sobre esta base, Joseph Lister desarrolló la cirugía antiséptica. Por primera vez se comprendió por qué se infectaban las heridas y cómo podía evitarse.
¿Por qué durante tanto tiempo se dejaron las heridas al aire?
A pesar de estos descubrimientos, durante mucho tiempo se siguió creyendo que las heridas debían secarse y «respirar». Esta idea tenía una explicación lógica.
Antiguamente no existían apósitos estériles ni materiales transpirables. Un vendaje húmedo y contaminado podía favorecer realmente la proliferación de bacterias. Por ello, en muchas ocasiones era más seguro dejar la herida descubierta.
Todo cambió en 1962, cuando el biólogo británico George D. Winter demostró que las heridas limpias cicatrizan mucho más rápido en un ambiente húmedo controlado que cuando se dejan secar. Este descubrimiento revolucionó la medicina de las heridas en todo el mundo.
Un ambiente húmedo favorece la cicatrización
Todavía hoy muchas personas creen que las bacterias o los hongos proliferan especialmente bien en una herida húmeda. En realidad, el problema no es la humedad, sino la suciedad, el tejido muerto o los vendajes inadecuados.
Por ello, los apósitos modernos crean un ambiente húmedo controlado. Absorben el exceso de exudado, permiten el paso del vapor de agua y del oxígeno y, al mismo tiempo, protegen la herida frente a nuevos microorganismos. Gracias a ello, muchas heridas cicatrizan más deprisa, duelen menos y suelen dejar cicatrices más pequeñas.
La piel nueva se forma en los bordes de la herida. Desde allí, las células superficiales de la piel avanzan lentamente para cubrirla, mientras el organismo produce nuevo tejido conjuntivo y pequeños vasos sanguíneos. Una costra gruesa puede dificultar este proceso y retrasar la cicatrización.
Remedios naturales: ¿qué sabemos hoy?
Muchas personas siguen recurriendo a preparados de origen vegetal. Sin embargo, en el caso de la caléndula y del árnica no existen pruebas científicas convincentes de que aceleren la cicatrización de heridas abiertas. Además, ambas pueden provocar dermatitis de contacto, especialmente sobre piel lesionada, cuya barrera protectora ya está alterada.
Respecto al aloe vera, algunos estudios muestran resultados positivos en lesiones superficiales de la piel. No obstante, la evidencia científica sigue siendo contradictoria, por lo que actualmente no puede hacerse una recomendación general.
¿Qué puede hacer usted?
La mayoría de las heridas superficiales y pequeños cortes cicatrizan sin problemas si se tratan correctamente.
-
Limpie la herida con agua corriente limpia o con suero fisiológico.
-
Retire cuidadosamente la suciedad y los cuerpos extraños visibles.
-
Si es necesario, desinfecte la herida una sola vez.
-
Cúbrala posteriormente con un apósito adecuado.
-
Cambie el apósito cuando esté sucio o húmedo.
Debe acudir al médico si la herida es profunda o está abierta, si ha sido causada por una mordedura de animal o de persona, si está muy contaminada, contiene cuerpos extraños o aparecen signos de infección como aumento del enrojecimiento, hinchazón, dolor, pus o fiebre. Además, tras cualquier lesión conviene comprobar que la vacunación contra el tétanos esté al día.
Una mirada al futuro
La evolución de la medicina de las heridas está lejos de haber terminado. En la actualidad ya se utilizan injertos cutáneos y sustitutos artificiales de la piel para tratar lesiones extensas. Al mismo tiempo, se investiga el desarrollo de apósitos bioactivos, factores de crecimiento y terapias con células madre que podrían mejorar aún más la cicatrización en el futuro.
Confiar en la extraordinaria capacidad de nuestro cuerpo
A pesar de todos los avances tecnológicos, de los innovadores apósitos y de los nuevos tratamientos, una realidad permanece inalterable: la mayor parte del trabajo de cicatrización no la realiza el vendaje ni el médico, sino su propio organismo.
En cuestión de segundos detiene una hemorragia. En pocas horas comienza la respuesta inmunitaria. El tejido muerto se elimina, se forman nuevos vasos sanguíneos y las células de la piel van cerrando la herida paso a paso. Todos estos procesos, extraordinariamente complejos, se desarrollan de manera perfectamente coordinada millones de veces cada día y, hasta hoy, ninguna terapia médica ha conseguido reproducirlos por completo.
Por ello, la misión de la medicina moderna no consiste en sustituir la capacidad de autocuración del organismo, sino en crear las mejores condiciones posibles para que este pueda llevar a cabo su trabajo sin interferencias.
Esta es probablemente la enseñanza más importante de 3.500 años de historia del tratamiento de las heridas: la terapia más impresionante la posee cada persona en su propio cuerpo. La medicina puede prevenir infecciones, aliviar el dolor, tratar complicaciones y ofrecer las mejores condiciones para la cicatrización. Pero la auténtica reparación del tejido la realiza nuestro organismo, y sigue siendo superior a cualquier tecnología médica, por sofisticada que sea.
Quizá ahora vea con otros ojos la herida con la que comenzaba este artículo. Una costra bonita no siempre significa que la herida esté cicatrizando de la mejor manera posible. En ocasiones, simplemente nos recuerda cuánto hemos aprendido sobre cómo ayudar al cuerpo a aprovechar aún mejor su extraordinaria capacidad de autocuración.
Algunos enlaces de interés sobre este tema:
- Ministerio de Sanidad – Tétanos
- Grupo Nacional para el Estudio y Asesoramiento en Úlceras por Presión y Heridas Crónicas (GNEAUPP)
- Sociedad Española de Heridas (SEHER)
¿Tiene dudas sobre una herida o no está seguro de si está cicatrizando correctamente?
Estaré encantada de asesorarle en mi consulta en Mallorca o mediante una consulta médica por videollamada.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
Este artículo también está disponible en alemán!
________________________________________________________________________________
Se puede leer así. También se puede compartir.