Entre nosotros – El poder de nuestros secretos
Se puede hablar de una hernia discal sin ningún problema. De la sarna, no tanto. La vergüenza y los secretos suelen ir de la mano. Algunas enfermedades y molestias se pueden mencionar con sorprendente facilidad. Otras hacen que las personas bajen la voz, recurran a complicados eufemismos o pospongan durante meses la visita al médico. Entre ellas se encuentran la sarna, las ladillas y el herpes genital. Pero también las hemorroides, la incontinencia, el mal aliento, el olor corporal desagradable, los problemas de erección o el dolor durante las relaciones sexuales. Algunas personas ocultan que necesitan lavarse las manos constantemente, que beben a escondidas, que vomitan después de comer o que ya no consiguen controlar su consumo de pornografía. Otras no hablan con nadie de sus pensamientos obsesivos, las autolesiones, las voces que oyen, la soledad o la violencia de pareja. La lista podría continuar durante mucho tiempo. Porque la vergüenza no respeta las especialidades médicas.
Lo que preferimos guardar para nosotros
Algunos de estos problemas pican, huelen o son visibles. Otros afectan a las excreciones, la sexualidad o la pérdida de control. Y otros ocurren exclusivamente dentro de nuestra mente. Desde un punto de vista médico, la sarna, la incontinencia urinaria y los pensamientos obsesivos tienen poco en común. Psicológicamente, sin embargo, pueden provocar algo muy parecido: la persona afectada teme que su problema revele algo esencial sobre ella:
¿Soy una persona sucia? ¿Incapaz de controlarme? ¿Repulsiva? ¿Débil? ¿Quizá incluso peligrosa?
Es más fácil mencionar un dolor de rodilla durante la cena que un dolor de pene. Las verrugas genitales, mojar la cama durante la noche o esa botella de vino que últimamente se vacía cada tarde se prestan menos a una conversación informal. De todas estas cosas se habla, desde luego, pero preferiblemente cuando les ocurren a los demás.
La poeta chilena Gabriela Mistral describió esta experiencia en su poema «Vergüenza». La protagonista se avergüenza de su cuerpo, de su voz y de aquello que considera imperfecto en sí misma. Sin embargo, la mirada afectuosa de otra persona transforma también la forma en que ella se ve. Mucho antes de que se hablara de corregulación, Mistral ya había descrito poéticamente cómo la vergüenza puede cambiar en el contacto con otro ser humano.
Cuando un problema se convierte en un secreto
Al principio suele haber tan solo una observación: pica. Huele. Algo tiene un aspecto diferente. Se escapa la orina. La erección no llega. Una copa de alcohol ya no es suficiente. Hay que volver a comprobar la puerta de casa. Un pensamiento aparece una y otra vez, aunque uno no quiera tenerlo. Entonces la persona empieza a valorar el problema: ¿Qué dice esto de mí?
En el caso de la sarna, los piojos o las infecciones por hongos, surge rápidamente el temor de que los demás sospechen una falta de higiene. Las infecciones de transmisión sexual se relacionan con ideas sobre la fidelidad y el comportamiento sexual. Quien pierde el control de la vejiga o del intestino puede sentirse viejo e indefenso. En una adicción, no solo se pone en cuestión el consumo, sino también la propia fuerza de voluntad.
Pueden resultar especialmente angustiantes los pensamientos que contradicen los propios valores. Una persona puede imaginar que hace daño a alguien, aunque jamás quiera hacerlo. Precisamente porque ese pensamiento le horroriza, vuelve una y otra vez. Aun así, teme que el mero hecho de tenerlo demuestre que alberga algo peligroso en su interior. De este modo, un problema se convierte en un secreto.
Cómo adquieren poder la vergüenza y los secretos
Con el secreto aparece una nueva tarea: hay que protegerlo. Se inventan explicaciones, se evita la cercanía o uno se retrae. Se deja de ir a la piscina, se vigila si alguien puede ver u oler algo, se compra alcohol a escondidas o se ocultan envases en el fondo de la basura. Las compulsiones también ocupan cada vez más espacio. Lo que comenzó como una comprobación adicional se convierte en un ritual fijo.
Ocultar el problema debería servir para mantenerlo pequeño. Con frecuencia sucede lo contrario. Porque ahora ya no solo hay que soportar las molestias originales. Se añade el miedo a ser descubierto: ¿Qué ocurrirá si alguien se da cuenta? ¿Se alejará? ¿Sentirá rechazo? ¿Contará a otros lo que ha sabido?
Cuanto mayor es este miedo, más vergonzoso parece el secreto. Si hace falta tanto esfuerzo para ocultar algo, debe de tratarse de algo realmente terrible. Y cuanto más terrible parece, más necesario resulta mantenerlo escondido.
Problema → vergüenza → ocultación → miedo a ser descubierto → más vergüenza → mayor ocultación
La vergüenza y los secretos se refuerzan mutuamente. Cuanto mayor es la vergüenza, más importante parece ocultarlo; y cuanto más tiempo permanece algo escondido, más vergonzoso resulta. El problema original ni siquiera tiene que empeorar. Aun así, adquiere cada vez más importancia. Un secreto no obtiene su poder únicamente de su contenido, sino también del esfuerzo constante que exige mantenerlo oculto.
El momento de decirlo
En algún momento, el sufrimiento supera a la vergüenza. El picor no deja dormir, la relación de pareja se resiente, las compulsiones ocupan horas o el consumo de alcohol ya no se puede ocultar. Se pide cita con el médico. Sin embargo, incluso en la consulta puede pasar bastante tiempo antes de que quede claro cuál es el verdadero problema.
Al principio, el paciente habla de otra cosa. Después se produce una pausa. Quizá mire al suelo. Tal vez comience una frase, la interrumpa y vuelva a empezar. Finalmente, expresa el problema. Mientras habla, observa cada reacción del médico o de la médica. ¿Levanta las cejas? ¿Vacila? ¿Cambia su voz? ¿Aparece por un instante el asco, la sorpresa o el rechazo?
Para el paciente, en ese momento está en juego mucho más que la comunicación de un síntoma. Teme que ya no se vea únicamente su problema, sino que se emita un juicio sobre toda su persona. Pero, en lugar de rechazo, encuentra calma. El médico escucha. No retrocede ni se pone nervioso. Formula preguntas concretas: ¿Desde cuándo existe el problema? ¿Con qué frecuencia aparece? ¿Qué consecuencias tiene en la vida cotidiana? Lo que para el paciente era un secreto angustioso se convierte para el médico en un problema que puede describirse y situarse en un contexto.
Cuando el miedo encuentra la calma
El paciente no llega a la consulta únicamente con un síntoma. Es posible que su cuerpo lleve mucho tiempo en estado de alarma. Busca en cada gesto del médico algún indicio de que sus temores estaban justificados. Sin embargo, su miedo encuentra a un médico tranquilo y regulado. Su alarma no recibe como respuesta una alarma aún mayor.
Las personas no regulamos nuestras emociones únicamente por nuestra cuenta. Nos orientamos constantemente por las reacciones de los demás. Un rostro asustado puede aumentar nuestro miedo. Una voz tranquila, una mirada serena y un médico que permanece atento y capaz de actuar pueden reducirlo. Este proceso se denomina corregulación.
La reacción del médico transmite un mensaje antes incluso de que haya pronunciado expresamente unas palabras tranquilizadoras:
He comprendido lo que me está contando. No me asusta. Y podemos pensar juntos qué hacer ahora.
La vergüenza no desaparece necesariamente de inmediato. Pero el paciente vive una experiencia nueva: ha dicho aquello que tanto temía decir y la catástrofe esperada no se ha producido. Donde la vergüenza y los secretos habían provocado retraimiento, surge ahora una mirada compartida sobre el problema.
Los ácaros de la sarna no son consecuencia de un mal carácter. El virus del herpes no sabe nada de fidelidad. La vejiga no decide perder orina. Un pensamiento obsesivo no es ni un acto ni una intención. Y una adicción no desaparece porque la persona afectada sencillamente se esfuerce un poco más. «Hay algo malo en mí» se convierte en: «Tengo un problema».
Puede parecer una diferencia pequeña. En realidad, es enorme. Un supuesto fracaso personal solo se puede ocultar o condenar. Un problema, en cambio, se puede estudiar y tratar.
Hablar → reacción serena → menos miedo → menos vergüenza → actuar juntos
No todos los problemas tienen una solución rápida. Puede que la vergüenza y los secretos no pierdan inmediatamente todo su poder, pero el círculo se ha interrumpido. Algunas conversaciones conducen a una pomada o a un medicamento; otras son el comienzo de muchas conversaciones más, ya sea en persona o en una consulta online. El paciente puede salir de la consulta con el mismo cuerpo, el mismo pasado e incluso, por el momento, con las mismas molestias. Pero aquello que trajo consigo ya no está formado exclusivamente por sufrimiento, vergüenza y ocultación.
Ahora se encuentra entre dos personas. Se puede observar, nombrar y decidir juntos cuál será el siguiente paso.
El problema sigue existiendo. Pero ya no es un secreto.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
Este artículo también está disponible en alemán!
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