¡Un gol. Millones de emociones!
Si usted es uno de los lectores fieles de mi boletín, probablemente esté leyendo estas líneas antes de la final del Mundial. En ese caso, naturalmente, todavía no sabe cómo terminará la noche.
Todavía no sabe si continuará leyendo este artículo con una sonrisa o con los hombros caídos.
¿Cómo terminará su domingo por la noche?
🟢 Si gana su selección – aquí comienza la alegría → siga leyendo aquí.
🔴 Si pierde su selección – aquí comienza la decepción → siga leyendo aquí.
Y si en este momento está pensando: «No me interesa en absoluto el fútbol», quédese un momento más.
Porque, en realidad, este artículo no trata del fútbol. Trata de nosotros, de nuestro cuerpo y de cómo hace visibles nuestras emociones.
Minuto 90. Penalti.
De repente, el estadio queda en silencio. Decenas de miles de personas contienen la respiración al mismo tiempo. Algunas se llevan las manos a la boca; otras ya no son capaces ni de mirar. En el sofá, alguien se desliza hasta el borde del asiento; un niño esconde la cara detrás de un cojín, aunque sigue mirando con curiosidad entre los dedos.
La persona encargada de lanzar el penalti coloca el balón. Da unos pasos hacia atrás. Se incorpora. Respira profundamente. Relaja una vez más los hombros. Comienza la carrera. Un disparo. ¡Gol!
En apenas unos instantes, el cuerpo de millones de personas cambia: unos saltan de alegría, otros se derrumban. Algunos gritan de felicidad, otros de desesperación. Unos ríen, otros lloran. Y otros, simplemente, se quedan completamente en silencio.
¿Cómo puede un solo balón provocar tanto?
Porque las emociones no nacen únicamente en nuestra mente: en cuestión de segundos invaden todo nuestro cuerpo. El corazón late más deprisa, la respiración cambia, los músculos se tensan, las pupilas se dilatan y toda nuestra atención se concentra en lo que está ocurriendo. A través del sistema nervioso autónomo, nuestro cerebro prepara a todo el organismo para aquello que considera importante en ese momento.
No solo tenemos emociones.
Las encarnamos.
🟢 Mi selección ha ganado
Entonces probablemente usted sea una de las personas que acaba de ponerse en pie de un salto.
Quizá haya levantado los brazos, abrazado a la persona que tenía al lado o gritado de alegría. Tal vez se haya reído. Quizá haya sentido lágrimas en los ojos. O tal vez note que su corazón sigue latiendo con fuerza o se dé cuenta ahora de que durante el penalti había contenido la respiración.
Quizá solo existió ese sentimiento abrumador: ¡Sí!
Nada de eso fue una decisión consciente.
Mucho antes de que el pensamiento «¡Hemos ganado!» llegara realmente a su conciencia, su sistema nervioso autónomo ya había preparado a su cuerpo para la alegría. El ritmo cardíaco y la respiración se aceleran, la musculatura se tensa y todo el organismo entra en estado de activación.
No solo nos alegramos: nuestro cuerpo también se alegra.
🔴 Mi selección ha perdido
Entonces quizá a su alrededor todo haya quedado en silencio.
Puede que sus hombros hayan caído. Tal vez siga mirando la pantalla o ya la haya apagado. Quizá note un nudo en la garganta, una presión en el pecho o simplemente una sensación de vacío. Algunas personas gritan su desesperación; otras son incapaces de pronunciar una sola palabra. Los niños suelen llorar sin contenerse, mientras que los adultos intentan ocultar su decepción.
Quizá su primer pensamiento haya sido simplemente: ¡No!
Tampoco eso lo eligió usted.
Mucho antes de que el pensamiento «Hemos perdido» terminara de formarse, su cuerpo ya había reaccionado. El ritmo cardíaco, la respiración, la tensión muscular y la postura corporal cambian en cuestión de segundos.
La decepción no es solo un sentimiento: también se manifiesta en todo el cuerpo.
Con independencia del apartado que haya leído, a partir de aquí continuamos todos juntos.
Porque, por muy diferentes que se sientan la alegría y la decepción, el cuerpo pone en marcha inicialmente procesos biológicos muy parecidos.
El lenguaje del cuerpo: por qué la alegría y la desesperación a veces se parecen tanto
La próxima vez que vea un partido de fútbol, haga un pequeño experimento: apague el sonido.
De repente resulta sorprendentemente difícil distinguir algunas emociones.
Un aficionado abre la boca de par en par. Tiene los puños cerrados. Todo su cuerpo está tenso.
¿Está gritando de alegría? ¿O es un grito de desesperación?
A primera vista, ambas situaciones pueden parecer casi iguales. Sorprende, ¿verdad? En realidad, nuestro cerebro no procesa las emociones como si estuvieran guardadas en compartimentos separados. La alegría, el miedo, la ira, la sorpresa o la desesperación surgen en regiones cerebrales estrechamente interconectadas y con frecuencia utilizan los mismos programas corporales.
Por eso, el primer paso suele ser el mismo: el sistema nervioso autónomo activa el cuerpo. El corazón late más deprisa, la respiración se intensifica, la musculatura se tensa y toda la atención se dirige hacia lo que está ocurriendo.
Solo después nuestro cerebro interpreta la situación: ¿el gol ha sido para nosotros o contra nosotros? ¿Existe un peligro? ¿O acabamos de vivir un éxito extraordinario?
Solo esa valoración determina si esa misma activación corporal se experimenta como alegría, desesperación, miedo o ira. El cuerpo aporta primero la energía; el cerebro le da su significado.
El lenguaje del cuerpo: por qué las emociones son contagiosas
Pero la historia no termina ahí.
Se marca el gol. El primer aficionado salta. Levanta los brazos y grita de alegría. Fracciones de segundo después, las personas que lo rodean también se ponen en pie. Desconocidos se abrazan, ríen, cantan y celebran juntos. De repente, una multitud de individuos se convierte en una sola emoción compartida.
Nuestra alegría no depende únicamente del acontecimiento en sí, sino también de las personas que nos rodean. Nuestro cerebro observa continuamente las expresiones faciales, la postura corporal, la voz y los movimientos de los demás. En este proceso participan, entre otros, las llamadas neuronas espejo. Nos ayudan a comprender las acciones y, probablemente, también las emociones de otras personas. Lo más probable es que formen parte de una red mucho más amplia que hace posible la empatía y la compasión.
Esta capacidad es antiquísima. Mucho antes de que los seres humanos pudieran hablar, comprender rápidamente el lenguaje corporal de los demás era una cuestión de supervivencia.
Si, de repente, varias personas levantaban la vista asustadas, se quedaban inmóviles o echaban a correr, no había tiempo para discutir. Quien primero preguntaba «¿Por qué corréis?» posiblemente ya había perdido.
También hoy podemos observarlo en el reino animal. Cuando un caballo de una manada levanta bruscamente la cabeza, orienta las orejas o sale huyendo, los demás suelen reaccionar en cuestión de instantes, mucho antes de haber descubierto por sí mismos la causa.
Esta rápida transmisión de la atención puede salvar vidas, pero también puede hacer mucho más.
No solo compartimos el peligro y la desesperación; también compartimos la alegría. Así es como nuestras emociones nos unen. Al final, el trofeo solo lo levanta un equipo. ¡Las emociones de esa noche nos pertenecen a todos!
Por cierto:
Quien quiera observar este lenguaje del cuerpo fuera de un estadio de fútbol también puede hacerlo con los caballos. Ellos no juegan al fútbol, pero cuando se trata de percibir el lenguaje corporal y reaccionar a los cambios más sutiles de quienes tienen delante, son unos maestros extraordinarios.
→ Más información sobre el lenguaje del cuerpo y mi trabajo con caballos
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
Este artículo también está disponible en alemán!
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