Disculpe, ¿me queda bien esta enfermedad?
O… hacer visible lo invisible
¿Probarse enfermedades como si fueran prendas de ropa? Tiene algo de tiempo y decide darse una vuelta por unos grandes almacenes para echar un vistazo a las enfermedades.
Planta baja: Pequeñas molestias
Nada más entrar, encuentra resfriados, gastroenteritis y lumbagos colgados de las perchas. «Nuestros resfriados están de oferta», le explica una dependienta. Se pone un jersey suave y calentito. En realidad, es bastante cómodo, pero el cuello le irrita muchísimo la garganta y de las mangas no paran de salir pañuelos. «No está mal. ¡Pero este cuello! ¿No lo tienen sin dolor de garganta?» – «Me temo que no. Pero normalmente podrá quitárselo al cabo de una semana». – «Bueno, menos mal».
Primera planta: Los modelos crónicos
Aquí cuelgan enfermedades que pueden llevarse durante décadas. Descubre una hipertensión arterial. Un traje elegante que le queda como un guante. «¡Le sienta estupendamente!», le asegura la dependienta. Da una vuelta frente al espejo. «¿No me hace parecer un poco más gorda?» – «En absoluto. Ni siquiera se nota que lo lleva puesto». – «¿Y es fácil de mantener?» – «No del todo. Revisiones periódicas y, a veces, medicamentos». – «Mmm. Creo que seguiré mirando». A su lado cuelga una artrosis de rodilla. Un pantalón rígido cuyas perneras apenas se doblan. Intenta ponerse en cuclillas. «¡Pero si esto me echa veinte años encima!» – «Con el uso a veces se vuelve un poco más flexible», promete la dependienta. «Pero después de estar mucho tiempo sentada suele ponerse rígido otra vez». – «No, no me favorece». A continuación se prueba una polineuropatía. Dos calcetines gruesos que provocan una extraña mezcla de entumecimiento y ardor. Siente un hormigueo en los dedos de los pies, como si cientos de hormigas corretearan por ellos. Al caminar apenas nota el suelo. «¡Son demasiado gruesos! Y, aun así, tengo la sensación de andar descalza sobre brasas». – «Es parte del modelo». – «Además, me hacen caminar con mucha inseguridad. No, gracias».
Segunda planta: Las enfermedades invisibles
Coge una depresión. Un abrigo gris de aspecto discreto. Ya al levantarlo de la percha le sorprende lo mucho que pesa. Se lo pone. Inmediatamente, el peso le hunde los hombros. Las mangas le cuelgan como si fueran de plomo y el bajo se arrastra por el suelo. Los bolsillos están llenos de piedras. Hasta levantar la cabeza le cuesta un enorme esfuerzo. «¡Pero qué pesado es! Y este gris me deja una cara de enferma…». Quiere quitárselo, pero incluso desabrochar los botones le parece una tarea agotadora. «No, definitivamente el gris no es mi color». Al lado cuelga un trastorno de ansiedad. Una bonita prenda ajustada. Apenas se la pone, empieza a apretársele alrededor del pecho. El corazón se le dispara y el cuello le oprime la garganta. «¡Demasiado estrecha! ¿La tienen una talla más?» – «No serviría de nada. Este tejido a veces se encoge incluso antes de que ocurra nada». – «Pues para mi día a día no me sirve». Un poco más allá descubre una migraña. Un sombrero elegante que le favorece muchísimo. Pero en cuanto se lo pone, la cinta empieza a apretarle dolorosamente la cabeza y a martillearle la sien. «¡Qué bonito! ¿Pero tiene que apretar tanto?» – «A veces se puede aflojar un poco». – «¿Y si no?» – «Entonces, a menudo solo queda refugiarse en una habitación oscura y tranquila». – «Qué lástima. Era exactamente mi estilo». La siguiente blusa es finísima y preciosa. En la etiqueta pone: Picor crónico. Por lo visto, el interior está espolvoreado con polvos picapica. Enseguida empieza a rascarse por todas partes. «¡Es tan bonita! Pero mi piel no soporta este tejido». – «Por la noche suele picar todavía más». – «Entonces no es para mí». Al lado cuelga un trastorno del sueño. Un pijama azul oscuro cuyas costuras están hechas de pequeños relojes que no dejan de hacer tic-tac. Cada vez que cierra los ojos, uno de ellos empieza a sonar. «Elegante sí que es. ¡Pero esto no es un pijama para dormir!»
Tercera planta: Las enfermedades graves
Aquí reina más silencio y los percheros están más separados. Se prueba un párkinson. Un traje de corte impecable cuyos botones son tan diminutos que apenas consigue abrocharlos con los dedos temblorosos. Las mangas son rígidas y, al caminar, sus pasos se vuelven cada vez más cortos. «¡Pero si con esto me muevo como una anciana!» – «Con medicamentos, a veces conseguimos que el tejido sea más flexible». – «¿Y se mantendrá así?» – «Eso, lamentablemente, no podemos prometérselo». A su lado cuelga una demencia. Un vestido precioso, confeccionado con retales de colores. En cada uno hay bordados nombres, rostros, lugares y recuerdos. Se lo pone. Pero mientras se contempla en el espejo, algunos hilos empiezan a soltarse. Primero cae al suelo un nombre, después una fecha de cumpleaños. Finalmente desaparecen trozos enteros de tela. Intenta volver a coserlos, pero de pronto ya no recuerda dónde iba cada retal. «Qué vestido más extraño. En realidad me encanta, ¡pero no para de perder piezas!» – «Sí, por desgracia no podemos evitarlo». En un gran perchero cuelgan distintos tipos de cáncer, de todos los colores y cortes. «Este parece bastante inofensivo», comenta mientras descuelga un vestido. – «Puede ser. Pero no siempre sabemos cómo van a evolucionar estos modelos». – «¿Puedo devolverlo si no me gusta?» – «No podemos garantizarle que consiga quitárselo por completo». Lo vuelve a colgar.
El taller de arreglos
De camino a la salida descubre un pequeño taller. Sobre la puerta hay un cartel: Arreglos y ajustes. Hacemos lo que podemos. Una costurera mayor está sentada entre máquinas de coser, órtesis y todo tipo de ayudas técnicas. «¿Aquí también pueden arreglar enfermedades?» – «No todas. Pero muchas veces podemos aflojar algo, acolcharlo o acortarlo». – «¿Y cambiarlas por otras?» – «Para eso tendrá que pasar por caja».
En la caja
«¿Ha encontrado algo?», pregunta la cajera. «Por desgracia, no. En realidad quería cambiar mi enfermedad de siempre por otra». «¿Y qué ha traído?» Señala la camiseta interior que lleva desde hace años. Le queda ajustada, a veces le roza y hace tiempo que dejó de estar en su mejor estado. «La verdad es que quería deshacerme de ella. Pero todo lo que me he probado hoy tampoco era mejor». «¿Entonces se la queda?» «Eso parece». La cajera sonríe. «Pues mejor así. De todos modos, no habría podido aceptarle la devolución».
Señala un pequeño cartel junto a la caja:
No se admiten devoluciones. Nos reservamos el derecho a realizar modificaciones.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
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¿Y si un cuchillo tuviera prospecto?
Mi padre era médico de familia. De él no solo aprendí medicina, sino que también heredé algunas historias con las que sabía explicar a sus pacientes cuestiones complicadas de una manera sencilla y fácil de recordar. Una de ellas me sigue gustando contarla hoy en día.
Imagínese que descubre un precioso cuchillo antiguo en un mercadillo. Se adapta perfectamente a su mano, la hoja está bien afilada y el mango es quizá de una bonita madera oscura. Justo el cuchillo que llevaba tanto tiempo buscando. Está a punto de comprarlo cuando descubre una nota atada a él. En ella se cuenta todo lo que ya ha ocurrido con ese cuchillo y lo que todavía podría ocurrir: algunas personas se han cortado con él, quizá alguien se haya seccionado un tendón, otra persona haya sufrido una herida grave o incluso puede que ese cuchillo se haya utilizado para matar a alguien. ¿Seguiría teniendo las mismas ganas de comprarlo? El cuchillo sigue siendo exactamente el mismo. Se adapta igual de bien a su mano, su hoja no está ni más ni menos afilada. Y, sin embargo, ahora lo mira con otros ojos. No ha cambiado el cuchillo, sino lo que usted sabe de él. Y, sobre todo, todo lo que ahora puede llegar a imaginar.
„Y así llegamos al prospecto de medicamentos, ese pequeño papel que a veces consigue asustarnos más que la propia enfermedad.“
Lo que un prospecto de medicamentos puede provocar en nosotros
Quien haya leído alguna vez detenidamente el prospecto de un medicamento conocerá esa sensación. Nos recetan un fármaco, quizá para tratar una enfermedad de lo más corriente, y descubrimos una sorprendente colección de posibles molestias: dolor de cabeza, mareos, náuseas, trastornos del sueño, palpitaciones, erupciones cutáneas. Y, unas líneas más abajo, quizá cosas todavía mucho más inquietantes. A veces, después de leerlo, uno llega a preguntarse si realmente está lo bastante enfermo como para tomar ese medicamento. Y, sin embargo, tampoco aquí ha cambiado nada. El medicamento sigue siendo el mismo. Lo que ha cambiado es nuestra percepción de él. Por supuesto, los medicamentos pueden tener efectos secundarios. Algunos son frecuentes, otros poco habituales y algunos pueden ser graves. Todo eso hay que tomárselo en serio. Pero existe una diferencia considerable entre la posibilidad de que algo ocurra y la probabilidad de que me ocurra precisamente a mí. Y esa diferencia se pierde fácilmente al leer una larga lista.
Una noche cualquiera
Imagínese a alguien que acaba de llegar a casa de la farmacia con un medicamento nuevo. Se sienta a la mesa de la cocina, abre la caja y despliega el prospecto. Al principio lee con bastante tranquilidad. Hasta que descubre, entre los posibles efectos secundarios, las alteraciones del ritmo cardíaco. ¿Alteraciones del ritmo cardíaco? Eso no suena nada bien.
Vuelve a leer el apartado. Después, el siguiente. Allí se habla de mareos y dificultad para respirar. Sin darse cuenta, empieza a prestar atención a su propio cuerpo. ¿No le estará latiendo el corazón un poco más deprisa? Se pone dos dedos en la muñeca. Efectivamente, tiene el pulso acelerado. Nota una sensación desagradable en el estómago. Empieza a respirar de forma más superficial. Quizá incluso se maree un poco.
Y todavía no se ha tomado la pastilla.
¿Qué ha ocurrido? Solo con leer el prospecto, su sistema nervioso autónomo, también llamado vegetativo, ha reaccionado ante una amenaza percibida. El sistema nervioso simpático, la parte de nuestro sistema nervioso que nos prepara para afrontar situaciones de peligro, ha aumentado su actividad. El corazón late más deprisa, la respiración cambia y los músculos se tensan. Todo esto ocurre de manera prácticamente involuntaria. Nuestro sistema nervioso autónomo puede reaccionar ante un peligro que simplemente imaginamos con intensidad, aunque no estemos expuestos a él en ese momento. Basta con pensar en algo amenazante para que se desencadene una respuesta física de alarma.
Y ahora ocurre algo decisivo: nuestro protagonista nota sus palpitaciones. Acaba de leer que el medicamento puede provocar alteraciones del ritmo cardíaco. Así que interpreta esas palpitaciones como una confirmación de sus temores. La ansiedad aumenta y el corazón empieza a latir todavía más deprisa. Se crea un círculo vicioso que se alimenta a sí mismo.
En medicina conocemos este fenómeno, entre otros, como efecto nocebo: las expectativas negativas pueden provocar o intensificar síntomas. Esos síntomas no son, en absoluto, imaginarios. El corazón late realmente más deprisa, el estómago se contrae de verdad. Lo que ocurre es que la causa es distinta de la que la persona teme. Y todo esto puede empezar incluso antes de haber tomado la primera pastilla.
Un prospecto necesita contexto
De todo esto podríamos sacar la conclusión de que sería mejor no leer los prospectos. Pero, por supuesto, eso sería un error. Los pacientes tienen derecho a conocer los posibles riesgos de un tratamiento. Algunos efectos secundarios deben detectarse a tiempo, y las interacciones y contraindicaciones pueden ser de vital importancia.
Sin embargo, disponer de información no significa necesariamente comprenderla. En un prospecto aparecen riesgos muy diferentes unos junto a otros. Algunos efectos secundarios son frecuentes y leves; otros, poco habituales, pero importantes. Algunos afectan principalmente a personas con determinadas enfermedades previas o que toman otros medicamentos al mismo tiempo. Y, sobre todo, que un efecto secundario sea posible no significa que vaya a ocurrirme a mí. Un prospecto solo puede ofrecer hasta cierto punto esta valoración individual. Para eso, a veces hace falta una conversación.
No tomar un medicamento también puede tener efectos indeseados
Volvamos a nuestro protagonista, sentado a la mesa de la cocina. Ya ha vuelto a doblar el prospecto. Tiene la pastilla delante, pero decide que es mejor no tomarla. De momento se siente más seguro. Al fin y al cabo, si no toma el medicamento, no podrá sufrir ninguno de sus efectos secundarios.
Pero ¿está realmente más seguro? Eso depende del motivo por el que le hayan recetado el medicamento. Quizá debía reducir su tensión arterial y, con ello, disminuir a largo plazo el riesgo de sufrir un ictus. O quizá debía tratar una infección bacteriana o evitar que una enfermedad empeorase.
Por supuesto, también hay medicamentos de los que se puede prescindir y tratamientos cuyos beneficios deben sopesarse cuidadosamente frente a sus riesgos. Pero hay algo que olvidamos con facilidad: no solo tomar un medicamento puede tener consecuencias indeseadas. No tomarlo también puede tenerlas. En el prospecto, sin embargo, solo se explica lo que podría ocurrir por tomar el medicamento, no lo que podría suceder si decidimos prescindir de él. Y así, precisamente el miedo a un riesgo puede llevarnos a asumir otro, quizá mucho mayor.
Hablemos de ello
Si después de leer un prospecto se le han quitado las ganas de tomar su medicamento, no dude en llamarme.
Y que los prospectos a veces tienen sus propios efectos secundarios lo demuestra muy bien esta viñeta de MEDI-LEARN.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
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¿Ya te has reído hoy?
Reír nos permite experimentar de forma muy clara la conexión entre cuerpo, mente, psique, sistema nervioso y órganos de los sentidos. Por eso, y porque nos hace tanto bien —tanto a la psique como al cuerpo—, hoy dedico este artículo a este tema. Quisiera dejar a un lado las explicaciones científicas: las hormonas, los receptores, las áreas cerebrales y todas esas cosas de las que se habla demasiado y sobre las que se sabe demasiado poco.
Antes de seguir leyendo: piense en algo que le haga mucha gracia:
Quizá una escena de una película. Una situación completamente absurda. Una frase que lleva veinte años haciéndoles reír a usted y a un amigo o una amiga, mientras los demás los miran sin entender nada. O aquel momento en el que tenía que mantener la seriedad a toda costa —y precisamente por eso no podía—. Sea lo que sea, vuelva a imaginar la escena. ¿Dónde estaba? ¿Quién estaba allí? ¿Qué se dijo? ¿Y qué era exactamente lo que tenía tanta gracia? —Tómese un momento.— ¿Nota ya algún cambio en su cara?
Sonreír para sus adentros.
Quizá solo se mueva una comisura de los labios. Un pequeño placer, casi secreto. No necesita decir nada. Usted sabe lo que está pensando.
Sonreír.
Ahora la boca se mueve de forma más evidente y las mejillas se elevan. Quizá también cambie la expresión alrededor de los ojos. Todavía no se oye nada. Pero alguien que estuviera enfrente podría preguntarle: «¿Qué pasa?».
Sonreír de oreja a oreja.
La sonrisa se ensancha. Quizá enseñe los dientes. Quizá todavía intente contenerla —lo que a veces hace que resulte aún más difícil—.
Soltar una risita.
Ahora aparece el sonido. Pequeñas risas, breves. Quizá se tape la boca con una mano. Como si todavía pudiera detener la risa.
Reír a pequeños golpes.
Una risa que sale en pequeñas ráfagas. Durante un momento se hace el silencio y luego se escapa otra. Parece que el recuerdo basta para provocar la siguiente ronda.
Soltar una carcajada de golpe.
Ya está. El aire sale de repente y se hace oír. Quien tenga un sorbo de café en la boca en ese momento lo tiene difícil.
Reír. Reír de buena gana. Reír a carcajadas.
La boca se abre y los ojos se entrecierran. El aire sale a golpes. Su risa tiene un sonido propio. Quizá sus amigos lo reconozcan antes de verlo.
Reír como un caballo. Reír a voz en grito. Desternillarse de risa.
Las palabras suenan cada vez más fuerte, y quizá usted también. El torso acompaña la risa. Se inclina hacia atrás o hacia delante. Los hombros dan pequeños saltos. Mantener la compostura pierde importancia por un rato.
Llorar de risa. Retorcerse de risa. Sujetarse la barriga.
Ahora se entiende por qué usamos estas expresiones. Los ojos realmente se llenan de lágrimas. El cuerpo se dobla y los músculos del abdomen se hacen notar. Quizá quiera explicar de qué se ríe. Pero no consigue terminar la frase.
Partirse de risa. Troncharse de risa. Morirse de risa.
Nuestro idioma ya casi no conoce límites. No puede articular palabra de tanta risa y primero tiene que recuperar el aliento. Y en cuanto vuelve a mirar la cara de la otra persona, todo empieza de nuevo.
Después, poco a poco, llega la calma. Una última risita. Soltar el aire. Quizá secarse los ojos. Dejar de sujetarse la barriga.
¿Cómo se siente ahora?
Pero quizá no se le haya ocurrido ninguna escena divertida y simplemente haya seguido leyendo —algo que, sinceramente, doy por hecho sin decirlo 🙂 (Sonrisa :-))—.
Y, aun así: ¿ha notado que algo se movía un poquito mientras leía? ¿Una comisura de los labios? ¿Se ha imaginado a alguien soltando risitas, estallando en carcajadas o sujetándose la barriga? Quizá la mera descripción le haya arrancado una pequeña sonrisa. O, al menos, un primer atisbo de alegría. Entonces habrían bastado unas pocas palabras. ¡Y que venga alguien a decir que el cuerpo y el alma no tienen nada que ver! Ha leído algo o ha recordado una escena. Y ya se mueven las comisuras de sus labios, cambia su respiración y quizá le tiembla la barriga. Un pensamiento, y el cuerpo se pone a reír con él.
Lo asombroso es la cantidad de caminos por los que puede llegarnos la risa: puedo leer algo divertido. Signos negros sobre un fondo blanco, y de pronto sonrío de oreja a oreja. Puedo ver algo cómico: una expresión, un movimiento inesperado, una situación que termina de una manera completamente distinta a la prevista. Puedo oír a alguien reír sin saber siquiera de qué. Y mi propia risa ya quiere sumarse. Pero ni siquiera necesito algo de fuera. Puedo recordar. Imaginar una imagen, una voz, un sonido. A veces basta una sola frase en mi cabeza para que una escena de hace mucho tiempo vuelva a cobrar vida. Quien me vea en ese momento verá a una persona que sonríe aparentemente sin motivo. Pero el motivo existe: está dentro de mí.
Y a veces todo empieza por el cuerpo. Levanto las comisuras de los labios, pruebo a sonreír. Al principio resulta extraño. Puede que también cambie un poco mi estado de ánimo. La alegría no se puede forzar así, pero a veces recibe una pequeña invitación.
Entonces le sonrío a alguien. La otra persona me devuelve la sonrisa. Ahora tengo un nuevo motivo para alegrarme. Un movimiento de mi boca se ha convertido en un encuentro.
¿Dónde empieza este círculo? ¿En el pensamiento, en la emoción, en el cuerpo? ¿En mí o en la otra persona?
Al reír, apenas se puede separar una cosa de otra: un recuerdo mueve mi cara. La expresión de mi cara provoca una reacción en la persona que tengo enfrente. Su respuesta me llega. Oigo mi propia risa, siento cómo me tiembla la barriga, y eso me hace reír otra vez.
A menudo me preguntan qué entiendo por una atención integral. Muchas personas quieren saber si utilizo la homeopatía. Lo entiendo… pero, en realidad, en esos momentos pienso en la risa.
Por desgracia, es publicidad, pero este vídeo sobre el tema es realmente estupendo: Happiness starts with a smile
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
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Señale una vez dónde está su próstata
La próstata: un órgano oculto
Muchos hombres saben que tienen próstata. Quizá también sepan que puede aumentar de tamaño con la edad, que existe el valor PSA y que el cáncer de próstata es frecuente. Sin embargo, dónde se encuentra exactamente este órgano, qué función cumple y qué papel desempeña en la sexualidad sigue siendo algo sorprendentemente abstracto. Próstata y sexualidad están más estrechamente relacionadas de lo que muchos hombres imaginan.
La próstata es invisible y, normalmente, tampoco se percibe de forma consciente. Se encuentra profundamente en la pelvis, justo debajo de la vejiga urinaria, delante del recto, y rodea el primer tramo de la uretra. La comparación clásica dice que tiene aproximadamente el tamaño de una nuez. Produce una parte del líquido seminal y participa en la eyaculación. Por tanto, forma claramente parte del sistema sexual masculino.
Y, sin embargo, apenas aparece en la percepción corporal cotidiana de muchos hombres.
Ahí reside parte de su peculiar papel: la próstata forma parte del cuerpo sexual, pero en la conciencia colectiva aparece sobre todo como un órgano asociado a la enfermedad. Mientras cumple su función sin problemas, casi nadie habla de ella. Suele cobrar importancia cuando aumentan las visitas nocturnas al baño, el chorro de orina pierde fuerza o, en una revisión, aparece de repente la palabra «PSA».
Con la edad, la próstata puede aumentar de tamaño. Como la uretra atraviesa la próstata, este crecimiento puede dificultar la micción. Un chorro más débil, dificultad para empezar a orinar, goteo posterior o una mayor frecuencia urinaria pueden ser algunas de las consecuencias. Un error bastante extendido consiste entonces en pensar: una próstata grande significa cáncer de próstata. No es así. La hiperplasia benigna de próstata y el cáncer de próstata son enfermedades diferentes. Los problemas al orinar pueden tener muchas causas. Y, a la inversa, un cáncer de próstata puede no producir ningún síntoma durante mucho tiempo.
También el valor PSA se interpreta con frecuencia de forma incorrecta. Un valor elevado no significa automáticamente cáncer. Una hiperplasia benigna de próstata, procesos inflamatorios y otros factores también pueden modificarlo. Por eso, el PSA no funciona como un semáforo en verde o rojo, sino como un dato que debe valorarse junto con la edad, la evolución, el tamaño de la próstata, la exploración y, si es necesario, otras pruebas diagnósticas.
Incluso la IA se pone nerviosa con la próstata
Para este artículo quería, en realidad, una imagen completamente inocente: un hombre adulto que, guiñando un ojo, señalara su ombligo y dijera: «Mira, mi próstata». Después probé con dos hombres adultos brindando y diciendo «¡Próstata!». Ambas ideas fracasaron por los mecanismos automáticos de protección de la IA de imágenes. Naturalmente, esto no constituye ninguna afirmación médica sobre la próstata. Pero encaja curiosamente bien con un órgano del que hablamos con total naturalidad cuando se trata de cáncer, valores de PSA o problemas urinarios y que, sin embargo, entra con sorprendente rapidez en una zona tabú cuando aparece como parte de la sexualidad masculina. – Al final quedó la nuez. Y hasta la nuez censurada tuvo que ganarse su derecho a ser publicada. En el contexto de próstata y sexualidad, la IA bloqueó inicialmente incluso este motivo completamente inocente. Solo fue posible generarlo dentro de un contexto totalmente neutral: al fin y al cabo, una próstata sana tiene aproximadamente el tamaño de una nuez.
La próstata y la sexualidad
Muchos hombres asocian la sexualidad, en primer lugar, con la parte visible de su cuerpo. El pene, la erección y la eyaculación se perciben de forma directa. La próstata, en cambio, participa en estos procesos sin llegar a hacerse consciente como un órgano independiente. Un hombre percibe la eyaculación, las contracciones y el orgasmo. Pero normalmente no percibe de forma consciente: ahora está trabajando mi próstata. Desde la perspectiva del Sexocorporel, un enfoque sexoterapéutico orientado al cuerpo, esto resulta especialmente interesante. La sexualidad no consiste únicamente en que un órgano funcione biológicamente. También tiene que ver con cómo percibimos nuestro propio cuerpo, qué regiones podemos diferenciar, cómo utilizamos la tensión y el movimiento y qué representación interna tenemos de nuestro propio cuerpo sexual. – La próstata es importante desde el punto de vista funcional y, al mismo tiempo, casi invisible en la imagen corporal consciente de muchos hombres.
En torno a la próstata circulan numerosas ideas en las que sexualidad y medicina se mezclan rápidamente. Algunos hombres experimentan la presión o el contacto en esta zona como algo agradable, mientras que otros no. Pero el masaje prostático no es por ello una medida de salud necesaria ni una forma de prevención del cáncer. Tampoco existe una regla sencilla de prevención basada en eyacular con frecuencia. Aunque algunos estudios observacionales han encontrado una relación entre una mayor frecuencia de eyaculación y un menor riesgo de cáncer de próstata, de ello no puede concluirse que eyacular con frecuencia prevenga el cáncer de próstata. Algo parecido ocurre con el ciclismo. La presión prolongada sobre el periné puede causar molestias e influir temporalmente en determinados valores. Pero de ello no se desprende que montar en bicicleta provoque cáncer de próstata. Elegir un sillín adecuado y evitar una presión mantenida son cuestiones prácticas, no medidas de prevención del cáncer.
El conocimiento corporal modifica la sexualidad
En Sexocorporel se estudia, entre otras cosas, cómo la postura corporal, la tensión muscular, el movimiento, la respiración y la percepción influyen en la excitación sexual. Cuanto más diferenciadamente percibe una persona su propio cuerpo, más posibilidades pueden abrirse también en la experiencia sexual. El tema de próstata y sexualidad muestra hasta qué punto el conocimiento médico y la percepción corporal están estrechamente relacionados. Esto no significa que un hombre tenga que aprender a «sentir» su próstata de forma aislada. Más interesante es preguntarse si puede diferenciar el suelo pélvico, la parte baja del abdomen, los glúteos, la respiración y el movimiento. Si percibe cuándo se tensa mucho durante la excitación sexual y cuándo logra soltar. Si su excitación se concentra casi exclusivamente en el pene o si la experimenta como una vivencia de todo el cuerpo. El conocimiento anatómico puede ayudar a construir, en primer lugar, una especie de mapa interno del propio cuerpo.
Esto se hace especialmente evidente después de una enfermedad o una operación. Un hombre que durante décadas apenas ha pensado en su próstata puede encontrarse de pronto, tras un tratamiento, con cambios en la erección, la eyaculación o la continencia. Entonces hay que separar conceptos que antes parecían significar prácticamente lo mismo: erección no es eyaculación. Eyaculación no es orgasmo. Después de una extirpación completa de la próstata, por ejemplo, ya no se produce una eyaculación hacia el exterior. Sin embargo, el orgasmo puede seguir siendo posible. Y la capacidad de erección y la experiencia orgásmica son, a su vez, dos cosas distintas.
Por eso tampoco es correcto afirmar que «después de una operación de próstata se acabó la sexualidad». Las intervenciones y otros tratamientos de la próstata pueden modificar considerablemente la sexualidad. Dependiendo del procedimiento, pueden verse afectados la erección, la eyaculación, la experiencia del orgasmo y la continencia. Pero una función modificada no significa automáticamente el final de la experiencia sexual.
Precisamente en esas situaciones puede ser útil no entender la sexualidad únicamente como una secuencia lineal de excitación, erección, eyaculación y orgasmo. Está formada por varios niveles corporales y emocionales que se influyen mutuamente, pero que no son idénticos.
Hombres y mujeres tienen sus puntos ciegos
A menudo pensamos que los órganos sexuales masculinos son especialmente fáciles de comprender porque gran parte de ellos se encuentra visible en el exterior. El pene y los testículos transmiten esa impresión. Sin embargo, los genitales visibles son solo una parte del sistema. La próstata, las vesículas seminales, los conductos deferentes, el suelo pélvico, los nervios y los vasos sanguíneos se encuentran en el interior.
Aquí existe un paralelismo interesante con la mujer:
En las mujeres, la diferencia entre la anatomía sexual visible y la real es todavía más marcada. En la vida cotidiana, el clítoris se identifica con frecuencia únicamente con su pequeña parte visible. Sin embargo, una parte considerable del órgano se encuentra en el interior del cuerpo. También el suelo pélvico, los tejidos eréctiles y las estructuras alrededor de la vulva, la vagina y la uretra solo son visibles parcialmente desde el exterior. También las mujeres pueden experimentar intensamente su cuerpo sexual y, al mismo tiempo, tener solo una representación incompleta de cómo está constituido anatómicamente.
Hombres y mujeres se diferencian de forma considerable desde el punto de vista anatómico. Pero en un aspecto se parecen: grandes partes de la anatomía sexual escapan a la percepción directa. Lo que es visible y fácil de tocar recibe rápidamente un nombre y un lugar en nuestro mapa interno. Lo que se encuentra más profundamente en el cuerpo suele hacerse accesible solo a través del conocimiento, la experiencia y una percepción más consciente. En el hombre, la próstata es un buen ejemplo de ello. Forma parte de la reproducción, del sistema sexual y, a lo largo de la vida, con frecuencia también adquiere relevancia médica. Comprender mejor su ubicación y su función amplía también la representación del propio cuerpo sexual. Por eso merece la pena no valorar la sexualidad únicamente en función de si algo «funciona». El conocimiento corporal amplía la percepción. La percepción influye en la tensión y el movimiento. La tensión y el movimiento influyen en la excitación. La próstata, por tanto, no es solo un órgano que algún día puede causar molestias. Es una parte de la sexualidad masculina que merece la pena conocer antes de que aparezcan problemas.
Quien quiera profundizar en el tema del Sexocorporel encontrará en la página de mi marido, el Dr. Thomas Wels, una visión más amplia de su trabajo: Sexonanz.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
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