El «método Augele»
O: ¿Cómo sabemos realmente si un tratamiento funciona?
Un caballo cojea. Su propietaria le enfría la pata y le aplica una pomada nueva que le han recomendado en la cuadra. En el envase aparecen palabras convincentes como «natural», «de eficacia probada» y «con valiosos extractos de plantas». A la mañana siguiente, el caballo camina mejor. «Esta pomada es fantástica», afirma su propietaria. «¡Ha bastado una sola aplicación!». Quizá tenga razón. Pero quizá el caballo también habría caminado mejor a la mañana siguiente sin la pomada. A primera vista, el efecto placebo parece no tener nada que ver con esta historia. Sin embargo, nos lleva directamente a la cuestión de por qué un tratamiento puede funcionar o, a veces, simplemente parecer que funciona.
Aquí comienza precisamente el problema de la experiencia médica: vemos lo que sucede después de un tratamiento. Lo que no vemos es lo que habría sucedido sin él.
Existen numerosos fenómenos que pueden inducirnos a error. Hoy voy a describir ocho de ellos:
1. La falacia post hoc
Se aplicó la pomada y después el caballo caminó mejor. Por lo tanto, la pomada debe de haber funcionado.
Esta conclusión se denomina post hoc ergo propter hoc: «después de esto, por lo tanto, a causa de esto». Pero no todo lo que ocurre antes es la causa de lo que sucede después. Si por la mañana me pongo unos calcetines rojos y más tarde sale el sol, todavía no he conseguido ningún avance revolucionario en meteorología.
Por tanto, la pregunta decisiva no es: ¿Mejoró después del tratamiento?
Sino: ¿Mejoró a causa del tratamiento?
2. La evolución natural de la enfermedad
Muchas molestias desaparecen por sí solas. Los resfriados remiten, las pequeñas lesiones se curan y un estómago irritado vuelve a calmarse. Un viejo dicho afirma: con medicamentos, la tos desaparece a los siete días; sin medicamentos, en una semana.
Al fin y al cabo, el cuerpo no espera de brazos cruzados a que alguien aparezca con una pomada o una pastilla. Por eso, tratamientos muy diferentes pueden parecer eficaces. Uno confía plenamente en el té de jengibre, otra en las vitaminas y el siguiente en una antigua receta familiar. Todos se sintieron realmente mejor después. Sin embargo, eso todavía no demuestra que mejoraran gracias al tratamiento.
3. Regresión a la media
Muchas molestias fluctúan. Hay días buenos y días malos.
Un tratamiento no suele comenzar en un día cualquiera, sino cuando el dolor es especialmente intenso, la presión arterial particularmente alta o la cojera muy evidente. Sin embargo, después de un valor extremadamente malo suele aparecer otro menos extremo. En estadística, este fenómeno se denomina regresión a la media.
Es algo parecido a lo que ocurre con una nota escolar excepcionalmente mala: es probable que el siguiente examen salga mejor. Y no tiene por qué deberse exclusivamente a la seria conversación que los padres mantuvieron con el alumno.
Quien inicia un tratamiento en el peor momento suele experimentar poco después una mejoría, independientemente de la eficacia real del tratamiento.
4. Placebo y nocebo
Un tratamiento no consiste únicamente en su principio activo. También influyen las expectativas, las experiencias previas, la confianza y la relación terapéutica.
Cuando un paciente espera mejorar, pueden modificarse, entre otras cosas, el procesamiento del dolor, las reacciones de estrés y determinadas funciones del sistema nervioso autónomo. Eso es el efecto placebo.
Pero también existe el llamado efecto nocebo. En este caso sucede lo contrario: las expectativas negativas pueden provocar o intensificar molestias. Ambos términos proceden del latín: placebo significa «agradaré» o, en sentido figurado, «haré bien», mientras que nocebo se traduce como «haré daño».
Quien lee en el prospecto que un medicamento puede causar mareos quizá se levante después con especial cuidado, compruebe su equilibrio a cada paso y descubra de repente una ligera sensación de inestabilidad. Tal vez sea un efecto secundario. Tal vez sea un efecto nocebo. O tal vez se haya levantado demasiado deprisa.
5. El sesgo de confirmación
Tendemos a percibir preferentemente aquello que coincide con nuestras convicciones.
Si la propietaria del caballo está convencida de la eficacia de la pomada, reconocerá cada paso bueno: «¡Mira, hoy camina con mucha más soltura!».
En cambio, los pasos menos buenos pueden explicarse fácilmente: «Hoy el suelo no es adecuado». «El tratamiento necesita más tiempo». «Sin la pomada, seguramente estaría mucho peor».
Los médicos tampoco estamos protegidos frente a este sesgo. Los tratamientos exitosos permanecen fácilmente en nuestra memoria. Los numerosos pacientes en los que apenas ocurrió nada resultan mucho menos memorables.
6. El efecto de expectativa del observador
Las expectativas no solo influyen en nuestros recuerdos, sino también en nuestra manera de observar.
Quien sabe que un caballo ha recibido un tratamiento puede valorar su forma de caminar de manera más favorable que alguien que no lo sabe.
Esto también ocurre en otros ámbitos, especialmente con afirmaciones como: «La piel tiene mejor aspecto». «El paciente parece más relajado». «El niño está más atento». «El caballo se mueve con mayor libertad».
Por eso, los estudios médicos se realizan, siempre que sea posible, de forma «ciega»: ni los pacientes ni las personas que evalúan el resultado del tratamiento deben saber quién recibe el medicamento real y quién recibe un placebo sin principio activo. Así se evita que las expectativas influyan en las molestias percibidas o en la valoración de los resultados.
7. Sesgo de selección y sesgo de supervivencia
En internet pueden encontrarse testimonios entusiastas sobre casi cualquier tratamiento: «¡Después de años de molestias, me curé en tres días!».
Es mucho menos frecuente leer: «Tomé el producto, no noté nada y más tarde olvidé que alguna vez lo había comprado».
Las personas que han tenido experiencias extraordinarias tienden a hablar de ellas con mayor frecuencia. Como consecuencia, observamos una selección distorsionada.
Imaginemos diez caballos que reciben un nuevo complemento alimenticio. En ocho no cambia nada. Poco después, los otros dos caminan mejor. Sus propietarios recomiendan el producto y publican valoraciones entusiastas.
Al cabo de unos meses, pueden encontrarse por todas partes dos historias de éxito. Los ocho fracasos se han vuelto invisibles.
8. La ilusión terapéutica
Los profesionales sanitarios también queremos creer que nuestro tratamiento ha ayudado.
Cuando un paciente se siente mejor después de un tratamiento, nos alegramos y tendemos a atribuir la mejoría a nuestra decisión. Sin embargo, pueden haber intervenido simultáneamente la evolución natural, la regresión a la media, el efecto placebo y nuestras propias expectativas.
Así surge la ilusión terapéutica: sobreestimamos la contribución de nuestro tratamiento a la evolución favorable.
Esto no significa que la experiencia médica carezca de valor. Al contrario: la experiencia ayuda a reconocer evoluciones inusuales, valorar riesgos y aplicar los resultados de los estudios a cada persona concreta.
Pero la experiencia personal solo nos dice inicialmente: después de mi tratamiento, el paciente mejoró.
Un buen estudio, en cambio, intenta averiguar: ¿Mejoró gracias a mi tratamiento?
Para ello se necesitan grupos de comparación, una asignación aleatoria y, siempre que sea posible, un estudio ciego. De esta manera se intenta eliminar los numerosos pequeños autoengaños a los que tanto los pacientes como los médicos somos susceptibles.
La explicación del «método Augele»
Si al día siguiente de mi tratamiento se encuentra, como espero, mucho mejor, por supuesto puede escribirme para contármelo. Me alegraré con usted.
Quizá haya sido el medicamento… quizá mi excelente atención médica… quizá su sistema inmunitario. Probablemente haya sido una combinación de varios factores.
Si se encuentra peor, escríbame también, por favor.
Y si no ha cambiado absolutamente nada, ese mensaje será incluso especialmente valioso desde un punto de vista científico. Porque esos son precisamente los casos que suelen desaparecer de nuestra memoria.
Por tanto, el «método Augele» no consiste en interpretar cada evolución favorable como una prueba de mi genialidad terapéutica. Consiste en alegrarse por el éxito y, aun así, plantearse la pregunta:
¿De verdad he sido yo?
Probablemente podría mejorarse como eslogan publicitario. Sin embargo, como fundamento de una buena medicina, no me parece nada mal.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
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Cuatro horas de espera y una protección de datos perfecta
Cómo era una consulta médica de antes no lo sé solo por lo que me han contado: crecí en una.
Estaba en nuestra propia casa y, por eso, formaba parte de mi infancia tanto como la cocina o el jardín. Algunas mañanas tenía que abrirme paso entre una larga fila de pacientes que esperaban delante de la entrada. No había citas. Quien quería ver al médico, iba a la consulta… y, si era necesario, esperaba cuatro horas.
Yo conocía los sonidos y las rutinas de la consulta. Cuando estaba delante de la puerta del despacho, percibía por un determinado cambio en la voz de mi padre que la conversación estaba a punto de terminar. Entonces se abría la puerta, llamaban al siguiente paciente y el conocido ritual comenzaba de nuevo.
Hoy, a veces, imagino aquella consulta como un museo. No como un museo con instrumentos especialmente valiosos, sino como un espacio lleno de objetos que entonces eran completamente normales y que hoy han desaparecido casi sin dejar rastro.
Ficheros con protección de datos incorporada
En los ficheros se guardaban las anotaciones manuscritas de los pacientes. La letra de mi padre era extraordinariamente ilegible. Los farmacéuticos apenas lograban descifrar sus recetas y gran parte del contenido de las fichas también permanecía oculto para las empleadas. Así, la consulta contó desde muy pronto con una protección de datos sumamente eficaz, sin necesidad de contraseñas ni permisos de acceso.
De vez en cuando aparecían en las anotaciones comentarios en latín que no estaban destinados ni a los pacientes ni a las empleadas. Todavía recuerdo uno: «Galina spastica». Es bastante descortés, pero despertó en mí un interés duradero por la lengua latina. Creo que podemos perdonárselo a mi padre después de atender a cien pacientes en un lluvioso día de noviembre alemán.
Por eso, todo aquello que también debían poder leer los demás se dictaba en pequeñas cintas de casete. Una empleada lo pasaba a máquina, recortaba el texto en tiras y las pegaba en las fichas. A este museo imaginario pertenecía también un pesado aparato metálico de color ligeramente verdoso cuyo nombre ya no recuerdo. En la parte superior tenía una tapa bajo la cual se introducía un líquido. Delante había una especie de tira de algodón y, debajo, un rodillo ancho. Con este aparato se transferían el nombre y la dirección del paciente a las recetas. Para cada paciente había en su ficha un soporte de cartón de aproximadamente tamaño DIN A6. En la parte superior tenía una ventana. Allí se fijaba con dos tiras adhesivas una matriz confeccionada a máquina. Con el pesado aparato verde se podían imprimir los datos del paciente sobre la receta haciéndolo rodar. Después de unas veinte recetas, la impresión empezaba a perder nitidez o a emborronarse. Entonces había que escribir una nueva matriz y pegarla en el marco de cartón. He intentado encontrar de nuevo este aparato en internet. Ni siquiera con ayuda de la inteligencia artificial ha sido posible identificarlo con certeza o reconstruirlo de tal manera que yo lo reconociera.
Quizá haya objetos que, llegado un momento, solo puedan describirse. Uno recuerda su color, su peso y los movimientos necesarios para utilizarlos. Y, sin embargo, un día formaron parte de la vida cotidiana.
El papel amarillo
En nuestro sótano había un vetusto aparato de rayos X. Las películas radiográficas venían envueltas en un bonito papel protector amarillo que no se tiraba después de desenvolverlas. Mi padre mandaba cortarlo para convertirlo en blocs de dibujo para nosotros, los niños. Todavía conservo uno de aquellos blocs.
Consulta médica de antes: muchas cosas se hacían allí mismo
De niña enrollaba torundas, cortaba celulosa, sellaba recetas y realizaba pequeños trabajos para los que podía resultar útil. En el laboratorio había pequeños recipientes con tapones de goma en los que se guardaban productos químicos. Cuando se vaciaban, yo los lavaba y los coleccionaba. Más tarde guardaba en ellos pequeños hallazgos, como las moscas que quería examinar bajo el microscopio.
Para su época, la consulta disponía de una cantidad poco habitual de medios diagnósticos. Tenía laboratorio propio, electrocardiógrafo y electrocardiógrafo de esfuerzo; más adelante llegaron también la ecografía y la ecocardiografía, además del aparato de rayos X del sótano. El personal llevaba dosímetros en la bata, que se enviaban periódicamente para controlar la exposición a la radiación. Tardé algunos años en comprender cómo aquellas placas podían indicar cuánta radiación había recibido quien las llevaba, sin que se pudiera ver cómo se iban llenando.
En ocasiones, los tres hermanos también examinábamos a nuestras mascotas con el aparato de rayos X. Así quedaron inmortalizados Susu, el conejillo de Indias, y Domino, el conejo. Más tarde, mi hermano revelaba las imágenes en su cuarto oscuro. Por aquel entonces aún no estaba decidido si acabaríamos siguiendo un camino más artístico o uno más científico. En cualquier caso, las radiografías admitían ambas posibilidades.
Durante mis estudios hice mis primeras extracciones de sangre en la consulta. Los pacientes me trataban con benevolencia, pues muchos me conocían desde que era niña. También acompañaba a mi padre en sus visitas domiciliarias. Allí solíamos encontrarnos con ancianas que vivían solas. En sus estanterías había fotografías de toda una familia. Y, en algún lugar entre todas ellas, casi siempre aparecía la imagen de un joven soldado…
Las personas de la sala de espera
La sala de espera también fue cambiando mucho antes de que yo comprendiera que allí estaba contemplando el paso de la historia. Entre los hombres mayores todavía había muchos mutilados de guerra. Algunos tenían una sola pierna y llevaban doblada la pernera vacía del pantalón. De niña consideraba su presencia una parte natural de la vida cotidiana. Pero, en algún momento, aquellos hombres dejaron de estar allí. No hubo un día concreto en el que desaparecieran. Sencillamente fueron disminuyendo poco a poco, hasta que ya no quedó ninguno en la sala de espera.
Al principio todavía había pacientes que habían nacido en el siglo XIX. También ellos fueron disminuyendo, hasta que finalmente murió la última paciente nacida en aquel siglo. Por entonces, que alguien llegara a cumplir cien años todavía era un acontecimiento especial. La sala de espera era un lugar por el que desfilaba el tiempo histórico sin que nadie lo llamara por su nombre.
El primer ordenador
El primer ordenador de la consulta ocupaba casi una habitación entera del sótano. La facturación se realizaba mediante una cinta, algo que por entonces era ultramoderno.
Cuando estaba a punto de terminar el bachillerato, me encomendaron la tarea de introducir en el ordenador los medicamentos y sus precios. En la Rote Liste, el vademécum farmacéutico alemán, estaban marcados los preparados que debían incorporarse. Por entonces empezaba a aumentar la presión sobre los médicos para que respondieran por el coste de sus prescripciones. Al mismo tiempo, apenas había manera de controlar el valor económico de los medicamentos que uno había recetado a lo largo de un trimestre. Así que se creó un sistema propio: medicamento por medicamento y precio por precio.
Mi padre prefería Unix. Allí todo podía configurarse libremente. Uno no estaba sujeto a unos procedimientos predeterminados ni a las ideas de un fabricante de programas informáticos. Cada función podía asignarse a la combinación de teclas que uno quisiera. Sin embargo, no era nada sencillo. Antes incluso de que entregaran el ordenador, ya estaban en casa los manuales de instrucciones: archivadores de tamaño DIN A4 que, colocados uno junto a otro, ocupaban una longitud aproximada de tres metros. Mi padre los estudió uno tras otro con un rotulador fluorescente. Mientras lo hacía, ya iba estableciendo los futuros comandos: «F6 más Control = imprimir receta».
Entonces llegó Windows. Lo que más molestaba a mi padre era todo aquel mundo de imágenes: el ratón, los pequeños signos y los simpáticos iconos sobre los que había que hacer clic. En lugar de decidir por uno mismo cómo debía funcionar el ordenador, ahora había que seguir las imágenes que alguna otra persona había ideado. Para él aquello no suponía una simplificación, sino una pérdida de libertad.
Mi padre llevaba años trabajando con un sistema Unix que había configurado por completo a su gusto. A favor de su postura hablaban tres metros de manuales cuidadosamente estudiados.
A favor de la mía hablaba Windows.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
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Tres respuestas a tres pasos de distancia
Un caballo se aparta y tres personas viven tres historias diferentes
Trabajo con caballos: cercanía y distancia
¿A veces le gustaría reaccionar de otra manera en una relación, pero no se atreve porque no sabe qué ocurriría entonces? Quizá le gustaría quedarse quieto en lugar de ir inmediatamente detrás del otro. Tomar distancia en vez de soportar una cercanía que le resulta incómoda. O simplemente permanecer presente sin tener que hacer algo constantemente para conseguir que el otro se vuelva hacia usted. En la vida cotidiana suele ser difícil probar nuevas posibilidades. Hay demasiado en juego, se despiertan sentimientos antiguos y no podemos prever cómo reaccionará la otra persona. En el trabajo con caballos, precisamente esto puede experimentarse de forma inmediata, como una especie de ensayo: ¿qué ocurre si esta vez no hago automáticamente lo que suelo hacer siempre?
A continuación, tres personas describen una misma situación: una persona se encuentra con un caballo en un espacio abierto. Durante un momento, ambos están atentos el uno al otro. El caballo permanece cerca, quizá orientado hacia la persona, quizá ligeramente de lado. Después gira la cabeza, se vuelve y se aleja unos pasos. No ocurre nada más. El caballo no se suelta bruscamente. No huye. No muestra agresividad. Solo se aleja unos pasos. Y, sin embargo, tres personas viven este momento de tres maneras completamente diferentes.
«No le gusto»
Cuando el caballo se apartó de mí, pensé inmediatamente: Con los demás se queda. Solo se aleja de mí. En cuestión de segundos, aquellos pasos del caballo se convirtieron en una historia sobre mí. Debía de haber hecho algo mal. Quizá no era lo bastante interesante, lo bastante simpática o, sencillamente, no servía para relacionarme con los caballos. Conocía bien esa sensación. En cuanto alguien se distancia, busco la causa en mí. Me pregunto qué hay de malo en mí y qué debería haber hecho de otra manera. Lo que más deseaba era hacer volver inmediatamente al caballo. Así habría sabido que, después de todo, todo estaba bien. Sin embargo, permaneció a unos pasos de distancia.
Y esto es lo que probé:
No intenté hacer volver inmediatamente al caballo. Me quedé quieta e intenté limitarme a percibir lo que realmente estaba ocurriendo. El caballo se había alejado unos pasos. Eso era todo lo que sabía. Quizá había oído algo. Quizá quería moverse. Quizá en ese momento necesitaba más espacio. Tal vez su movimiento no tenía absolutamente nada que ver conmigo. Me di cuenta de la rapidez con la que había interpretado aquella distancia como un juicio sobre mí. Por eso intenté atenerme a lo que realmente podía observar: el caballo se había alejado. Estaba a unos metros de mí. Continuaba tranquilo. No tenía que saber todavía por qué se había ido. Y no tenía que concluir inmediatamente, a partir de su comportamiento, que había algo malo en mí.
«Por fin me deja en paz»
Cuando el caballo se alejó, al principio sentí alivio. En realidad, su cercanía había sido excesiva para mí. El caballo era grande, se movía muy cerca de mi cuerpo y ocupaba mucho espacio. Yo había intentado parecer tranquila y segura, aunque por dentro me sentía incómoda. Cuando se marchó, de repente pude volver a respirar con mayor libertad. Al mismo tiempo, aquel alivio me resultaba desagradable. Al fin y al cabo, había venido para entrar en contacto con el caballo. ¿No debería desear entonces que permaneciera junto a mí? No quería que se notara que necesitaba distancia. Por eso había soportado su cercanía, aunque no me hiciera sentir bien.
Y esto es lo que probé:
Me permití disfrutar inicialmente de aquella distancia. No tenía que hacer volver enseguida al caballo. En lugar de eso, presté atención a qué separación me hacía sentir segura. El caballo permanecía a unos metros. Podía observarlo sin sentirme invadida. Al cabo de un rato noté que mi tensión disminuía. Poco a poco, el alivio dio paso de nuevo a la curiosidad. Decidí dar un paso hacia el caballo. Después me detuve y esperé. El acercamiento se sintió diferente. Ya no tenía que soportar la cercanía ni fingir que me resultaba agradable. Podía participar en la decisión sobre cuánta proximidad era posible para mí en aquel momento.
«Tengo que resultar más interesante»
En cuanto el caballo se alejó, empecé a ofrecerle cosas. Le hablé, me moví, intenté atraerlo y recuperar su atención. Inmediatamente tuve la sensación de que debía hacer algo para conseguir que volviera conmigo. Hice otro movimiento, volví a hablarle y pensé qué podía hacer para despertar su interés. Mientras tanto, el caballo comía un poco de hierba. Cuanto menos reaccionaba, más lo intentaba yo. No quería quedarme allí simplemente sin hacer nada. Sentía que, si no hacía nada, tampoco tenía nada que ofrecerle al caballo.
Y esto es lo que probé:
Dejé de intentar resultar cada vez más interesante. Permanecí presente sin hablarle continuamente ni tratar de mantenerlo ocupado. Al principio resultó extraño. Casi sentía que no estaba haciendo nada. Sin embargo, no me aparté. Permanecí atenta y orientada hacia el caballo. Podía iniciar el contacto y tomar la iniciativa, pero no tenía que ofrecer algo nuevo sin interrupción. El caballo siguió comiendo. En algún momento levantó la cabeza y miró en mi dirección. Tal vez también lo habría hecho si yo hubiera seguido hablando y moviéndome. No podía saberlo. Para mí, lo importante era otra cosa: había soportado aquel momento abierto sin tener que mostrarme especialmente interesante, útil o entretenida.
Tres personas, tres experiencias nuevas
En las tres situaciones, el caballo hizo exactamente lo mismo: se volvió y se alejó unos pasos. Sin embargo, aquel momento contenía una posibilidad diferente para cada persona.
Para la primera persona, la nueva experiencia podría formularse así: alguien puede alejarse de ella sin que por ello pierda valor. No tiene que interpretar inmediatamente el movimiento del otro como un juicio sobre sí misma. Puede observar primero lo que realmente ocurre sin conocer todavía la explicación.
Para la segunda persona, la nueva experiencia podría formularse así: puede necesitar distancia sin interrumpir la relación. No tiene que soportar la cercanía para demostrar su interés o su capacidad para relacionarse. Solo cuando toma en serio su propia necesidad de distancia puede volver a acercarse libremente.
Para la tercera persona, la nueva experiencia podría formularse así: no tiene que ofrecer algo constantemente para merecer estar en relación. Puede permanecer atenta y disponible sin tener que ocuparse continuamente de mantener el contacto, entretener al otro o conservar su interés.
Lo que resulta útil para una persona podría ser precisamente la tarea equivocada para otra. Una puede aprender a no interpretar inmediatamente una distancia como algo personal. Otra necesita darse permiso para crear ella misma más espacio. Una tercera puede probar a permanecer simplemente presente sin tener que ganarse la atención del otro.
Precisamente por eso, en el trabajo con caballos no existe una única reacción correcta, sino la posibilidad de descubrir la respuesta que resulta adecuada para cada persona. La sabiduría necesaria para ello no reside en el caballo ni tampoco en quien acompaña el proceso, sino en la propia persona. El encuentro con el caballo puede hacer visible y perceptible algo que ya existía, pero que quizá todavía no había encontrado una forma de expresarse. En este sentido, el trabajo con caballos es una especie de labor de comadrona: no introduce nada ajeno, sino que ayuda a sacar a la luz la propia verdad interior.
Mi trabajo con personas y caballos
El trabajo con la cercanía, la distancia y las relaciones me acompaña desde hace muchos años. Como médica psicoterapeuta, realicé en Alemania una amplia formación en psicoterapia y trabajé durante mucho tiempo con métodos psicoterapéuticos. Esta experiencia sigue influyendo hoy en mi trabajo médico y también en los encuentros con mis caballos.
El bienestar físico también depende de una buena regulación entre el cuerpo, la experiencia emocional y el sistema nervioso vegetativo. Esta interacción constituye la base de mi actitud médica y de mi trabajo como doctora. Para mí, un enfoque integral no significa añadir a la medicina algo que le sea ajeno, sino percibir las conexiones recíprocas entre las molestias físicas, los sentimientos, las relaciones y la tensión interna.
El trabajo con los caballos puede resultar interesante para las personas que tropiezan repetidamente con límites parecidos en sus relaciones: personas que se sienten rechazadas con rapidez, que tienen dificultades para permitir la cercanía, que apenas perciben sus propias necesidades o que sienten que deben ocuparse continuamente de mantener la relación. Un encuentro conjunto con los caballos también puede abrir nuevas perspectivas a las parejas. No se trata de que el caballo aporte una solución, sino de percibir de manera inmediata la propia experiencia y probar una reacción diferente. Los caballos reaccionan con gran sensibilidad a nuestro lenguaje corporal.Las investigaciones muestran que incluso pueden distinguir, en personas desconocidas, entre una postura corporal abi erta y otra más cerrada o defensiva.
¿Le gustaría experimentar personalmente, o junto con su pareja, qué puede hacerse visible en el encuentro con los caballos? Puede concertar una primera conversación conmigo. Juntos aclararemos qué cuestión desea abordar y si el trabajo con los caballos podría ser adecuado para usted de forma individual o en pareja. Escríbame un correo electrónico.
Puede consultar más información sobre mi trayectoria profesional y mi trabajo aquí: Formación y cualificaciones.
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¡Qué asco!
Nota previa: Para los que se incorporan por primera vez a este boletín, y para todos los demás lectores habituales: hoy el tema va a ser contundente; no siempre es así, ¡así que no dejéis de seguirnos!
El hombre que está delante de usted en la caja del supermercado se está hurgando la nariz. No durante mucho tiempo, solo un instante. Cree que nadie lo ha visto. Después apoya ese mismo dedo sobre el terminal para pagar con tarjeta. Ahora le toca a usted y coloca su dedo exactamente sobre el mismo botón. De camino a casa suena su teléfono móvil. Contesta la llamada. Al llegar a casa corta una manzana. Una hora más tarde se frota brevemente un ojo. Al salir vuelve a bajar el picaporte de la puerta. Poco después, su pareja abre esa misma puerta.
No percibe nada de todo esto. Pero quizá, en este preciso momento, algunos microorganismos procedentes de la nariz de un completo desconocido hayan emprendido un viaje con usted.
Bienvenido a un mundo que preferiría no ver.
Y, sin embargo, este viaje no tuvo nada de extraordinario. Hoy mismo se ha repetido incontables veces, no solo con usted. Las bacterias, los hongos y los virus no necesitan billete. Nuestra vida cotidiana es su red de transporte. Y, aun así, no estamos enfermando constantemente.
¿Por qué?
El asco es más rápido que nuestra razón
Probablemente, mientras leía el comienzo, en algún momento pensó: «¡Qué asco!». O incluso lo sintió antes de pensar conscientemente en ello. Eso es precisamente el asco. El asco no es un pensamiento. Es una emoción. Y las emociones funcionan de forma distinta a nuestra razón: son más rápidas. Nuestro rostro se contrae, nos alejamos de inmediato y, a veces, incluso sentimos un nudo en el estómago. Solo después nuestra razón empieza a preguntarse:
¿Realmente era como acaba de parecerme?
Las emociones no preguntan por probabilidades. No están hechas para eso.
Nuestro sentimiento de asco es antiquísimo. Mucho antes de que los seres humanos supieran que existían bacterias o virus, nuestro cerebro ya tenía que decidir de qué era mejor mantenerse alejado. La carne en mal estado, la putrefacción, las heces o las heridas con pus solían estar realmente asociadas a un mayor riesgo. El asco no necesitaba comprender ese riesgo. Solo tenía que conseguir que mantuviéramos la distancia.
¿Por qué el asco y la razón no siempre llegan a la misma conclusión?
Hoy vivimos en un mundo diferente. Sin embargo, nuestro cerebro apenas ha cambiado. Sigue reaccionando a imágenes, olores y experiencias, no a los microorganismos. Y estos no podemos ni verlos ni olerlos. Piense por un momento… en un… moco….Dentro de su propia nariz apenas nos preocupa. En cambio, cuando está en un dedo, muchas personas ya lo encuentran desagradable. ¿Pegado debajo de la mesa de un restaurante? De repente, la mayoría preferiría no volver a tocar esa mesa. Desde un punto de vista biológico, ha cambiado sorprendentemente poco. Lo importante no es solo lo que vemos, sino dónde lo vemos y de quién procede.
Algo parecido ocurre con la saliva.
Nuestra propia saliva apenas nos llama la atención. Pero si, por accidente, bebemos del vaso de un desconocido, muchas veces basta con pensarlo para apartar el vaso inmediatamente. Y ahora piense en un beso con lengua. Solo imaginarlo en el contexto en el que acabo de mencionarlo ya resulta difícil si se intenta verlo como algo romántico y agradable. Sin embargo, el contexto adecuado también puede transformar esta situación en una experiencia positiva.
Nuestro asco hace exactamente aquello para lo que evolucionó. Su función es volvernos cautelosos, no evaluar científicamente cuál es el riesgo real de una infección. De eso se encarga nuestra razón. La razón se pregunta: ¿Puede transmitirse realmente algo aquí? ¿Por qué vía? ¿Con qué probabilidad?
A veces, la emoción y la razón llegan a la misma conclusión. A veces no. Y cuando se contradicen, casi siempre la emoción llega primero.
¿Por qué, aun así, no enfermamos constantemente?
Si el mundo fuera realmente tan peligroso como parecía después del primer apartado, lo lógico sería que estuviéramos enfermos todo el tiempo. Pero no es así. Nuestra piel es mucho más que una simple envoltura. Constituye una barrera muy eficaz. La saliva contiene sustancias capaces de inactivar muchos microorganismos. Las mucosas atrapan a los invasores, los cilios los transportan de nuevo hacia el exterior y el ácido del estómago destruye gran parte de lo que tragamos. Al mismo tiempo, sobre nuestra piel viven miles de millones de microorganismos propios que no ceden voluntariamente su espacio a los recién llegados. Nuestro cuerpo no es un lugar estéril. Es un ecosistema extraordinariamente bien protegido. Por eso, la inmensa mayoría de los encuentros con microorganismos termina antes incluso de que tengan la oportunidad de causar ningún daño. Quedan retenidos en la piel, se secan, son arrastrados por los líquidos del organismo o eliminados por el sistema inmunitario, casi siempre sin que lleguemos a darnos cuenta.
Recordamos sobre todo la infección, la herida que se inflamó o la gastroenteritis. Lo que nunca percibimos son las incontables ocasiones en las que nuestro cuerpo puso fin a esa misma historia antes incluso de que llegara a empezar.
¿Qué significa esto para la higiene?
¿Quiere decir todo esto que la higiene no es importante? Todo lo contrario. Una buena higiene no consiste en intentar evitar cualquier contacto con los microorganismos. Eso sería imposible. Consiste en comprender cuándo existe realmente un riesgo relevante.Lavarse las manos después de ir al baño, antes de curar una herida o al manipular carne de ave cruda tiene todo el sentido. Un quirófano sigue unas normas muy distintas a las de un paseo por el bosque. Nuestro asco no necesita distinguir siempre de forma fiable entre unas situaciones y otras. Su único mensaje es: «¡Ten cuidado!» – El resto lo hace —esperemos— nuestra razón.
¿Puede cambiar el asco?
Sí. Y esta es, quizá, la conclusión más sorprendente de este artículo. El asco es una emoción muy antigua, pero no es inmutable. Nuestro cerebro puede aprender hacia qué dirige esa emoción. Las experiencias, los hábitos y las relaciones cambian aquello que percibimos como agradable o desagradable. Un niño pequeño puede poner mala cara al probar aceitunas o café. Muchos adultos disfrutan de ambos. En algunas culturas, los insectos se consideran un manjar, mientras que en otras provocan rechazo. No ha cambiado la biología, sino el significado que nuestro cerebro y nuestro entorno atribuyen a una situación. El asco nos protege. Y, al mismo tiempo, puede seguir aprendiendo durante toda la vida.
La historia más interesante de este artículo probablemente no sea la del hombre que estaba delante de usted en la caja del supermercado, sino todo lo que no ocurrió después.
Un cordial saludo,su médica de familia en Mallorca
Dra. Ines Augele
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